sábado, 13 de diciembre de 2014

La abuelita perdió su anillo.

Pidió que le escribiera un cuento para cumplir con una tarea que le habían dado en la escuela. Le dijo no, porque las tareas se dan para que el estudiante practique y aprenda más. Pero te puedo ayudar con algunas ideas para que tú escribas y luego te las reviso. El resultado fue.

La abuelita que perdió su anillo.

Al acostarse se sacaba el anillo, símbolo de su unión con el abuelo, no para liberarse al menos por la noche de su fiel compromiso, era sólo porque a su edad los dedos se habían adelgazado de manera que el anillo suelto en la noche se escurría entre las sábanas y alguna vez tuvo que desarmar toda la cama para encontrarlo por la mañana. Ponía suavemente el anillo en el dedo de su primera muñeca que aún conservaba en el aparador con los vestidos originales luego de tantos años. Esta rutina le recordaba cada noche el instante en que desposaba a su compañero de toda la vida frente al sacerdote que bendecía la eterna  unión.

Se vino un día el movimiento brusco de la tierra y el anillo rodó por el suelo de tablas escurriéndose velozmente hacia la calle. Observó el anillo en la casa vecina una terrible discusión entre los esposos por algún asunto que nadie entendía y a la mujer lanzando su argolla matrimonial al cuerpo del enojado marido, que visualizaba en ese gesto el final del camino.

Siguió rodando el anillo hasta otra casa en que la mujer hacía toda clase de esfuerzos por sacarse su propia argolla, sin conseguirlo, a pesar de los jabones y vaselinas que utilizaba para suavizar el abultado dedo a causa del embarazo que su esposo recientemente había criticado.

Esto se pone malo pensó el anillo y se echó a rodar por la calle pendiente abajo. No se frenó a tiempo y fue a dar a la alcantarilla. Cayó por un pequeño tubo que lo condujo hasta un cilindro mayor por el que escurrían todas las aguas y desechos de la ciudad. Luego de dejarse arrastrar por varios metros, el anillo cae a una gran piscina techada en que las aguas quietas por mucho tiempo al sol, se evaporaban llevándose al cielo los malos olores por grandes tubos a muchos metros de altura.

En la piscina vivían pequeñas larvas que consumían voraces todos los desechos sólidos y de su cuerpo como un mágico colador fluían otros sólidos que contenían todas las vitaminas y proteínas que la ciudad sobraba. Luego de mucho tiempo en la piscina todo se había convertido en un fino y valioso polvo café que extraído por máquinas se llevaba hasta los camiones en que luego se trasladaba a los campos para ser usado como abono en las plantaciones.

Así fue como el anillo cayó en la tierra donde unos tractores formaban los surcos y luego otros esparcían las semillas de maíz que al germinar lo levantaron del suelo y ahora en un dedo de flores se instalaba plácidamente a dorarse por el sol y refrescarse con la suave brisa que revoloteaba en la chacra.

La abuela le pide a su hijo mayor que le traiga choclos para hacer humitas. El hombre va al huerto elige los más grandes y tiernos y vuelve a casa con un saco repleto. Las mujeres van desojando cada mazorca con el cuidado de almacenar las mejores para llenarlas con la sabrosa mezcla.

Llora la abuela cuando al extremo de la mazorca, incrustado entre los granos, encuentra el anillo que había perdido hace tanto tiempo.


Lo normal


Parodeando o imitando a Nicanor Parra con su antipoema “El hombre imaginario”; pongámosle nombre y cooperemos con esto.

Normal en estos días es la vida,
Normal la muerte,
Normal la enfermedad,
Normal la insalud,
Normal la usura
Normal el crédito,
Normal las alegrías
Normal la pena,
Normal la mala educación,
Normal la delincuencia,
Normal el estrés
Normal las compras,
Normal el gasto
Normal la angustia
Normal el presupuesto,
Normal la comida,
Normal querer y no poder,
Normal poder y no querer.

Y es también normal en estos días el amor
Normal el desamor,
Normal las peleas
Normal el disgusto
Normal el calor
Normal la luz
Normal la oscuridad
Normal el celular
Normal los regalos
Normal el consumismo
Normal la basura
Normal el plástico
Normal el ruido
Normal el insomnio
Normal las tablets
Normal el Facebook
Normal las selfie
Normal los intereses
Normal los sobregiros….

Y un final sorprendente como: Es normal leer las tonteras que escribe Márquez.

O


Lo anormal: soy yo.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El que perdió el último tren.

El que perdió el último tren.

Despertó. Un frío intenso recorría su cuerpo. Ebrio aún, no fue capaz de ponerse de pie al primer intento. Sentado, meditaba cómo cresta había llegado a ese lugar. La cuneta de un camino de tierra, tirado en el pasto húmedo, durmiendo la mona como un borrachín cualquiera y entumido de frío. Un frío extraño para esa época, a inicios del verano.

Miraba a ambos lados del camino oscuro y sombrío. Sólo a lo lejos algún poste de alumbrado público tenía encendida la ampolleta. Definitivamente no sabía en qué lugar se encontraba. Lentamente se fueron aclarando sus pensamientos. Recordó que viajaba en un tren y que se bajó en una estación cualquiera, porque se iniciaba el partido final de algún campeonato que enfrentaba a los dos equipos más populares del país. No era aficionado al fútbol pero tampoco había otra urgencia que acometer y ningún panorama para aquella tarde. Se dejó nada más guiar por el impulso y ahí mismo en la estación encontró un restaurant con dos salones preparados para el evento. Se instaló en el salón más desolado, de hecho en principio sólo él pedía el churrasco y una cerveza de litro para acompañar la jornada.

No recordaba datos acerca del desarrollo del partido, ni jugadas ni goles y ni siquiera si su equipo favorito hubiera ganado, perdido o empatado. Solo que al término del partido, volvió a la estación para continuar su viaje. Esperó la llegada del próximo y último tren, pero minutos antes de que llegara, la voz característica en las estaciones informaba al público que el tren había sufrido algún percance por lo que no cumpliría su itinerario. Ya de noche, sólo dos opciones para llegar a destino; la carretera o algún bus o colectivo que aun a esa hora pudiera sacarlo de aquella ciudad.

Caminó hacia el centro por la primera calle que encontró, luego de preguntar a algún transeúnte. En la vereda un grupo de personas compartía en torno a una improvisada mesita en la que reposaba un jarrón de ponche en frutillas a medio consumir. Pidió permiso para pasar por entre los reunidos, ubicados a ambos lados de la vereda bajo un frondoso árbol. Sin recordar cómo ocurrió, se encuentra sentado compartiendo entusiasmadamente con aquellas personas entre las que destacaba un gordo hombre  con apariencia de luchador de zumo, alto y vestido de polera y buzo negro con refrescantes chalas en sus pies.

Parecía este hombre tener la hegemonía de algún ritual, porque era recurrido permanentemente por los jóvenes con los que compartía, entre los que se incluía mujeres y niños que le hablaban con cierta cautela, entregándole muy disimuladamente algo que él guardaba rápidamente en sus bolsillos. Entre la conversa surgió de alguien la idea de hacer un asado y muy rápidamente al límite de la hora en que el único supermercado de la ciudad cerraba, se compraban los insumos con mucha soltura en el presupuesto y cuidando que no faltara nada considerando la cantidad de posibles comensales.

En el patio del terreno frente al frondoso árbol, una especie de cite improvisado entre los restos de lo que fuera un caserón luego del terremoto, se prendía fuego y se instalaba la parrilla sobre la cual se cocinaba rápidamente, enormes trozos de vacuno y cerdo. Y los jóvenes, mujeres y niños iban y venían periódicamente recibiendo y entregando lo que el gordo de negro guardaba y extraía en los bolsillos del abultado pantalón.

De madrugada se trasladaban en taxis repletos de pasajeros, hasta una gran casa en que la música animaba la fiesta donde unas treinta personas disfrutaban. Entre ellos el que perdió el último tren. De repente se forma una gran trifulca. Alguno de los participantes recrimina duramente a su mujer por considerar que coquetea desvergonzadamente con otro de los invitados. Surge de la nada un arma de fuego y varios disparos rompen techo y muros.

Discretamente abandona la escena, sale a la calle y camina todo lo rápido que el cuerpo, la bebida y el aire de la madrugada le permite, mientras va perdiendo la conciencia para terminar en húmedo pasto, sujeto a tierra firme.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Tiene que haber sido el diablo.

Tiene que haber sido el diablo.

La fiesta había comenzado con el infaltable ponche de vino y duraznos que refrescaba el espíritu de los convidados. Y cómo es de esperar, luego de unos vasos, las mentes elucubran que será necesario algo más para continuar. A la primera insinuación, la anfitriona dispone un cordero, de la veintena que pasta en el cerro. Rápidamente se ofrecen dos improvisados arrieros, uno de ellos matarife, que acometen la complicada tarea de traer al corral, a esos asustados, libertinos y escurridizos animales, cuando no es la hora prevista por el Señor para encaminarse al cerco por su cuenta.

La odisea tardaba demasiado. Los corderos tienen esa rara actitud de seguir el camino que uno de ellos, el más osado, toma. Si alguno se aísla, luego encuentra la forma de volver al grupo y a campo libre, pillarlos era imposible. Más aún, uno de ellos había saltado la cerca y bajaba del cerro desbandado, precisamente por el camino contrario al que se deseaba conducirlo. El más baqueano tuvo que ir en busca de aquel y no fue sin la ayuda de la anfitriona y sus hijas, que el resto de la piara se encerró, esta vez sin escape posible. Demoró un poco el arriero, pero ahí venía con el bicho al hombro haciendo gala de su capacidad y de su inquebrantable resolución para acometer lo que se requiera en el campo.

Y fue el mismo cordero que recibía la punzante daga por donde escurría el chorro de sangre que se recibía en una olla para luego convertirse en chanfaina. Algunos bebieron un sorbo aleonados por el matarife que describía los méritos de ese brebaje. Descuerado el cordero se procedió al faenamiento, extrayendo sus entrañas y seleccionando cuanto fuera comestible. Colgado al añoso sauce, finalmente el cordero se oreaba.

La anfitriona dispuso la guitarra y aunque le faltaba una cuerda entonó las primeras canciones con todo el sentimiento de lo feliz que se encontraba. La concurrencia acompañaba con vítores y aplausos y uno de ellos siguió el ejemplo, tomando la guitarra mientras se preparaba el fuego y la parrilla. Luego de picotear ahí mismo en la hoguera los tres cuartos del asado, se iniciaron los bailes, la cumbia, el correteado y la infaltable cueca. Al anochecer se recogían los convidados a sus diferentes hogares y uno de ellos invitaba al guitarrista para que continuaran la fiesta en el pueblo.

Pasada la media noche, luego de pedir varias botellas de pisco con sus respectivas bebidas, el anfitrión desaparecía, supuestamente para ir al baño, mientras el guitarrista animaba la conversa del grupo que se había formado. Una hora en el baño era suficiente tiempo como para que el protector hiciera sus necesidades. Preocupado, el invitado busca al anfitrión  por los diferentes salones del club social, sin éxito, finalmente tuvo que asumir que le había dejado a su suerte.

No había otra opción que caminar los nueve kilómetros que lo alejaban del lugar en que la fiesta se había iniciado.  A la oscura noche, buena cara y vamos andando por las tres lomitas. Lo bebido servía de aliento y valor para enfrentar el temor que la noche y la soledad del camino producía.

Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando avanza cercano  al cruce en que el camino se dispersa hacia los cerros. Ahí delante a unos doscientos metros aparece la enorme cara de un terrorífico hombre que lo observa. Indescriptible la forma y características del sujeto principalmente negro en sus deformadas facciones pero claramente era un ser humano aparecido quien sabe de dónde.

Detuvo el paso, observando el suelo y en diferentes direcciones, tratando de verificar que aquello no era una mala visión de su mente que jugueteaba con sus razonamientos. No hay humano con cabeza de tal envergadura y si a ese nivel se encuentra la cara ¿cómo será el cuerpo?, se preguntaba, si en ese lugar el camino desciende de manera que el sujeto estaba a unos treinta metros del suelo en un bajo formado por la ladera del cerro.

No se atrevió  a dar un paso más. La terrorífica cara estaba ahí y no tenía ninguna disposición a averiguar más detalles. Ahí no más se quedaba, hasta que el pronto amanecer le permitiera recuperar el valor necesario para seguir. En un techado paradero de micros permaneció el resto de la noche acostado en el asiento. Al amanecer observaba los frondosos árboles que a unos doscientos metros formaban con mirada artística, una enorme cara de rasgos humanos que explicaban la demoníaca figura ahora, con tintes verdes que en la noche le intimidó avanzar.

martes, 2 de diciembre de 2014

La Universidad

La universidad.
Cuando ya está cerca la finalización del cuarto año de Enseñanza Media, comienza a expandirse un rumor extraño entre los estudiantes. Tiene por nombre “Universidad”. Las preguntas que sirven de preámbulo para hablar de ella comienzan siempre de la misma forma. ¿Qué hacer después de terminar los estudios?. Trabajar lo antes posible en cualquier cosa, es la respuesta generalizada. Algunos hablan de rendir la PAA hoy PSU, para ver la posibilidad de estudiar las áreas que siempre han deseado, otros sólo para saber cómo están y muchos como mero trámite, a propósito que hoy en día tiene costo cero. Antes se decía también que servía para el currículo, era mejor calificado el que la había rendido aun cuando olvidara registrar en el documento sus puntajes.
La revolución comienza. ¿Qué harán?, ¿cómo es?, ¿de qué se trata?, ¿qué requisitos se necesitan?, ¿cómo subsistirán fuera de la casa?, ¿cuántos años dura la carrera?, ¿cómo se postula?, ¿qué puntaje se necesita?, etc., etc. Las preguntas vienen y van, transformando a los osados postulantes en el centro de atención de todo grupo en los cursos y liceos.
Otros, los más, sienten que es un sueño imposible, y no por falta de capacidades. ¿Cómo vivir esos años?, ¿quién ayudará?, ¿de dónde saldrán los recursos?. Al contrario, la mayoría de las familias requiere con urgencia el aporte del hijo o hija, al presupuesto familiar. “Hay que preocuparse de los menores”, “eso es para los ricos”, “tú no puedes llegar allí”, son los comentarios que desaniman todo emprendimiento. Hay otros que analizan el problema en forma más positiva. “Anda no más”, “eres inteligente y serás capaz de salir adelante”, “la ayuda no faltará”; son los incentivos que se dan desde la otra vereda.
Largas noches de insomnio, hacen pensar en el asunto, lo cierto es que los audaces, buscan todas las formas de crecimiento, sin que importe el sacrificio. Al final, lo primero es lo primero sin apresurarse. El día del reconocimiento de salas la historia comienza a hacerse más real, en los días siguientes, dar la prueba, por las razones que sea, producirán el convencimiento de que estar y permanecer en la Universidad, no tiene que ver con la situación económica sino con la propia evaluación de las capacidades y perseverancia que se pondrá en el proceso. Otro periodo de nerviosismo viene a continuación. A la ansiedad por conocer los resultados le sigue el incontrolable proceso de postulación. ¿Qué?, ¿cómo? y ¿cuándo?, se transforma en “a lo mejor”, “quizás”, “no sé”.
Y es posible que las condiciones cambien. La preparación, escasa o abundante, es más bien el preludio de la cantidad de libros que habrá que leer, los múltiples trabajos por realizar y del estudio responsable y comprometido que se hará de cuanto los académicos propongan. Buenos amigos de los sueños, son también los compromisos que habrá que asumir para hacerlos realidad. Estudiar en la Universidad, parece ser tarea difícil.
En el mundo de los sueños la universidad se aparee como un edificio grande, de extraña arquitectura. El lugar con mayor concentración de personas que usan lentes. Personajes raros, cada loco con su tema, dialogando acerca de cuestiones o complejos acertijos. Siguiendo en el mundo de los ideales, un lugar con extensos prados de verde césped, en que grupos de estudiantes, sentados comparten inquietas fórmulas e ideas, acerca de lo que comprenden o elucubran. Y obviamente, en ese mundo, la permanencia en la universidad no tiene costo económico, sólo intelectual.
Toda diferencia o semejanza con la realidad, es mera coincidencia.
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