domingo, 23 de noviembre de 2014

Los escapados

Los escapados.


Y se fue no más. La mujer del patrón ciego le tiró un zapatazo que dio directo en su cara, mientras se encontraba en la chacra, tratando de encaminar las aguas por las hileras, evitando la erosión por exceso. Afanes que la mujer no apreció y culpándolo de la anega, nada más quería deshacerse de él por cualquier medio.

No aguantó más. El trato de la madre con el vecino ciego no incluía los castigos de su mujer. No recordó ponerse zapatos ni le interesó rescatar su ropa, simplemente se fue. Llegar a la casa, abrazar a sus hermanos y enfrentar a sus padres, era un problema mayor. Pero podía evitarse, al menos por el tiempo en que el viejo matrimonio se pusiera de acuerdo para denunciar a la madre, el incumplimiento del hijo.

A prudente distancia de su casa, oculto entre las chircas, atrás de la roca en que habitualmente se encontraban, emitió los silbidos que su hermano sabría reconocer. El hermano menor,  no tardó en llegar a su encuentro,  era su yunta,  se conocían desde siempre y su amistad, a toda prueba, era como el encuentro entre dos personalidades afines en aventuras y sentimientos. Se reencontraban los compinches de tantas jornadas.

Relatado el incidente con la mujer del vecino ciego, se decidió por mutuo acuerdo que debían escapar. La madre lo devolvería con viento fresco hasta la casa del martirio y no estaba dispuesto a soportarlo más. Era plena época de cosechas y allá por la laguna encontrarían algún campo en que empeñarse. Ya sabían de arrancar lentejas, garbanzos y porotos. Luego volverían, con dinero para aplacar la rabia de la madre y con experiencia para ayudar al padre en sus propias cosechas.

Al amanecer, el propietario del campo los encuentra en el galpón acurrucados y envueltos en la paja. No tardó el patrón en recordar que eran los hijos del matrimonio que vivía allá en los cerros, pero guardando reserva les preguntó en que andaban por esos lados. El más hablador dijo que buscaban trabajo, que eran buenos pa’ la pega y que no se arrepentiría de contratarlos. Sabían cosechar lo que viniera.

Aquí hacen falta manos, así es que si quieren pega, no más vayan donde el administrador que les indicará lo que hay que hacer, pero antes pasen por la casa para que tomen desayuno no sea que se me vayan a enfermar. Así pasaron la semana, arrancando garbanzos y lentejas, luego el resto del verano arrancando porotos. No sabían de domingos ni festivos, juntar algo de dinero para llevar a casa era su mayor deseo.

Cuando se acabó la pega, se fueron a la laguna y se lanzaron a las aguas para refrescarse. El menor no supuso que en el lugar hubiera una profundidad mayor a su tamaño. Aún no había aprendido a nadar. Y se ahogaba no más. El administrador que justamente andaba por el lugar y viendo que los niños aleteaban tratando de llegar a la orilla, se lanzó al rescate, salvando a ambos de muerte segura.

Al día siguiente el patrón los llevaba hasta su casa en los cerros, en una carreta cargada de sacos de trigo, lentejas, garbanzos y porotos. Llevaba también un canasto de quesos, varias docenas de huevos, pollos vivos y carne charqueada. El encuentro con los padres no fue drama.
El patrón les había avisado al día siguiente de encontrarlos en su galpón. Dando gracias, se retiraba entregando a la madre un fajo de billetes, sabe Dios de qué cuantía.








La encomienda

La encomienda.

La madre lo había encargado a ese matrimonio vecino que por su avanzada edad y  ceguera del dueño de casa, requería ayuda. No había pago convenido, pero una boca menos que alimentar ya era alivio suficiente para esa familia que no andaba de lo mejor en asuntos financieros. Y seguramente también, como el crío no era flojo, se ganaría algún adicional de cosecha, huevos, quesos y pollos, para cooperar con el sustento de la familia, a esas alturas ya conformada por seis hijos.

El viejo patrón había perdido la vista, no sé si por la edad o por algún accidente, pero su mujer la conservaba intacta para catear que el niño cumpliera con las obligaciones y no haraganeara cuando le encomendaban la limpia de la chacra en que crecían cebollas, tomates, porotos y choclos. Conservaba esa mujer en su vocabulario todas las palabras adecuadas para animar y controlar al joven trabajador y si era del caso tenía abundante rosario de insultos para reprocharle su conducta. Ya era suficiente con atender a su inválido marido y ese niño, era un peso más que no estaba dispuesta a cargar. No dijo que estaba en desacuerdo con el trato, porque nunca le preguntaron.

El viejo en cambio, era un desecho de virtud. La pérdida de un sentido tan esencial como es la vista, la había compensado con otras veinticuatro capacidades que había desarrollado  y le permitían realizar sus  tareas, cada día  desde muy temprano tal cual o mejor que el más vidente. Su casa y los alrededores, los tenía dibujados como mapa en Braille, de manera que podía acceder a cualquier lugar y encontrar lo necesario.

Pero otra cosa era salir a campo traviesa. Para ello requería al joven Lazarillo que lo encaminaba y se sorprendía de la capacidad con que el viejo se ubicaba, pues los caminos andados, aunque fuera una vez, quedaban grabados en su memoria, de manera que podía anticipar que estaba cerca del arroyo, hacerle el quite a la humeante bosta de caballo, o reconocer la cercanía de alambradas que separaban su terreno de tal o cual vecino.

Tenía el viejo un valioso caballo, pastando en el cerco de un amigo a dos horas de camino, subiendo y bajando lomas, por estrechos senderos que alguna vez recorrió. Ya era tiempo de traerlo de vuelta porque en sus terrenos había suficiente pasto y el animal sería necesario en las próximas cosechas. No pudiendo ya hacer el viaje por sí mismo, encomendó la tarea al niño, dándole indicaciones de cómo llegar a destino. Facilitó el viejo rocín, para que lo condujera en la tarea.

Habiendo llegado a destino y con la venia del dueño, el niño se allegó hasta el cerco y no sin dificultad, laceó al caballo y sujetando la soga a su viejo rocín, avanzó algunos metros hasta salir de la propiedad y encaminarse a los terrenos de su encomendero. El viaje se transformó en pesadilla al observar que el caballo, por tanto tiempo en libertad, se resistía a toda forma de empuje y por su abultada envergadura, el pobre rocín no era capaz de moverlo. El caballo a toda costa quería regresar a su paraíso.

Discurrió el niño en aprovechar el ímpetu del caballo por devolverse, para hacerlo avanzar, pero esto sólo se podía lograr montándolo. Lo intentó reiteradamente pero también reiteradamente el caballo se deshizo de él, enviándolo por los suelos. No hallando más que hacer, pero decidido en su propósito, amarró el caballo a unas estacas y poniéndolo entre cerca y rocín, se montó nuevamente y aguantó los corcoveos, hasta que vencido el caballo, cedió al manejo que el niño en feroz carrera, luego de soltarlo de las estacas, le dio por las lomas hasta que el cansado animal no pudo más con su porfía.


Y regresó en busca del rocín que por gusto se hubiera quedado ahí mismo donde le dejaron. Ahora era el caballo quien asumía la carga,  avanzando a toda prisa exigido por el niño que quería cumplir la encomienda sin tardanza, tiraba al rocín cuya resistencia era más por flojera. Llegado a destino, el viejo salió a su encuentro. Olfateando y tocando la piel del caballo, preguntaba ¿por qué tan sudado el caballo, mijo?.

domingo, 16 de noviembre de 2014

A veces hay que hacerle caso a los bueyes.

A veces hay que hacerle caso a los bueyes.

Había sido un invierno muy lluvioso. La abuela preocupada por su hija mayor que vivía en los cerros de Huelón junto a su esposo y ya varios hijos, envió al tío Onofre para que la fuera a buscar y la trajera a pasar algunos días en el Culenar, mientras se aplacaba el temporal. A la orden, el tío, considerando grata la encomienda, porque tenía por esa hermana un especial cariño, enyugó bueyes y partió al alba, como siempre le ha gustado, con su carreta y algunas cositas para el viaje y  los infaltables regalos.

La lluvia intensa por la noche había amainado y los diez kilómetros que separaban ambas casas se recorrieron sin novedad hasta el badén que forma el estero que baja de las quebradas en Huelón y que cubría el camino con al menos cincuenta centímetros de agua, formando una laguna por donde sólo bueyes y caballos podían transitar, cuidando no irse a la cuneta.

Con la referencia de las estacas que forman los cercos de los terrenos colindantes a la orilla del camino, el tío animó a los bueyes y pasó con calma por el centro y sin novedad los más de cincuenta metros de camino oculto por el agua. Luego se encaminó a los cerros y llegó hasta la misma casa por el sendero que se anunciaba en la “Puerta de los Márquez” y que bordeando estero y quebradas conducía hasta la propiedad, encaramada en la cima de la cadena de cerros característicos de ese lugar.

El padre no se opuso porque sabía de las condiciones y carencias habituales por esos días. La madre vistió a los niños y preparó equipaje necesario, mientras el tío desayunaba. Al medio día bajaban al punto en que el camino se sumergía en la laguna, al parecer del tío, ahora un poco más crecida en relación con lo que observara en la mañana. Evaluadas las condiciones avanzó no más por el agua con carreta y pasajeros, rogando que el nivel del agua no llegara a superar la base de la carreta.

Todo iba bien, hasta que en medio de la laguna los bueyes se detuvieron y no hubo quien los hiciera dar un paso más, a pesar de todos los aullidos, improperios y sonsonetes que el tío dibujaba con sus cuerdas vocales. Aunque no le gustaba picanearlos, usó también este recurso, sin resultados. Los bueyes permanecían inmóviles en medio del agua. Otra decisión hubiera tomado el tío si hubiera ido sólo, esas mierdas de bueyes, no se la ganaban, pero otra cosa era transportar a su hermana y especialmente a los niños, así es que se conformó no más y arremangándose innecesariamente los pantalones, se metió al agua y en brazos llevó uno por uno a los cuatro niños hasta el lugar en que el camino aparecía. El problema mayor era transportar a la hermana cuya gordura y baja estatura, no dejaban lugar recomendable del cuerpo como para echársela al hombro como lo hacía habitualmente con sacos de porotos, papas, lentejas y garbanzos. Claramente no era el peso lo que le preocupaba, sino la humanidad de esa mujer que no tenía recodos en su estructura.

Alapa no más le dijo la hermana que ella se agarraría bien del cuello y no lo soltaría hasta llegar a resguardo. Cumplida la proeza, volvía el tío en busca de bueyes y carreta, preparando la garganta para los aullidos con que a la fuerza los movería. Que se creen estas mierdas. Para precaverse que no saldrían espantados sin la carreta se puso delante de los bueyes y aseguró las amarras que unían el yugo a los cachos y a la vara que sujetaba la carreta. Justo allí tropezó con algo duro bajo el agua. Tanteando se percató que era una inmensa roca de casi un metro de diámetro que oculta bajo el agua turbia, no se veía, seguramente había caído recientemente desde los cerros.
Rápidamente comprendió que el otro sentido de los bueyes, había salvado carreta y pasajeros de un gran desastre si es que el porfiado insistiera en obligar a los bueyes a saltarla. Benaiga, le decía a su hermana cuando la subía nuevamente a la carreta, luego de hacer que los bueyes rodearan la piedra sin tocarla.

   

Incontinencia

Incontinencia.

La casa estaba abarrotada de gente, cuarenta personas habían llegado la noche anterior y ocuparon las ocho piezas disponibles en la improvisada residencial. Se había incrementado entonces la demanda por bebidas, cervezas, pan amasado y empanadas, rubro secundario a la empresa principal de alojamiento con derecho a cocina, que el hermano había instalado en Pichilemu aquel verano.

Obligados a dormir los cinco en una pieza, el empresario y su esposa, junto a sus dos hijos habían tirado colchonetas en el suelo y dejaban la única cama disponible para el asistente, hermano menor del jefe, por esos años un joven quinceañero que se entusiasmaba con la idea de juntar algún dinero aquel verano. La pega había sido dura en los días previos y lo continuaría siendo durante la corta temporada en que la playa es el mejor lugar para sobrevivir al calor. Cercano a las dos de la mañana se fueron a acostar, luego de haber dejado el pan leudando y una buena cantidad de empanadas para cocer al alba en el horno de barro. Sólo unas cuatro horas de sueño, era lo que se podían permitir las noches de viernes y sábado.

Entre despierto y dormido, sintió una urgente necesidad de orinar. De forma automática, como lo hacía en su casa, estiró la mano bajo la cama y tomó lo que debía ser la bacinica. Ubicada en la posición correcta, depositó en ella lo que había en la vejiga y devolvió el receptáculo a su posición bajo la cama. Despierto al amanecer observó el color húmedo en el piso de madera ahí justo donde buscaba los clásicos botines de “Calzados Fuentes” que usaba como único par de zapatos desde los siete años. El derecho aún conservaba restos de orina y en ese momento vino el destello de cordura que le hizo recordar la orinada de la noche, obviamente su calzado se había transformado en bacinica.

Para encubrir la evidencia y dado que al minuto nadie se había dado cuenta, puso la bota húmeda en la puerta del horno que el patrón había encendido y luego de un rato fue a buscarla. Terrible sorpresa, la bota se había quemado y el cuero a churrascado no permitía que volviera a ser usada. El hermano mayor quiso enviarlo de vuelta en el primer tren. Tranquilizado por su mujer, facilitó un par de zapatos, ordenó que encerara la pieza y dispuso un recipiente para que sirviera al propósito, en caso que durante la noche fuera requerido.

La dura jornada del sábado, otra vez lo tenía acostándose más allá de las dos de la mañana. El deseo de orinar sobrevino y el subconsciente luchaba con el sueño, señalándole que debía ir al lugar en que se encontraba el recipiente. La pieza era toda oscuridad, gateando avanzó por el suelo pasando por encima de las camas improvisadas en que dormía el matrimonio y los sobrinos. Oh, desgracia, se abrió la llave que controlaba el caudal y fue esparciendo orina por frazadas y camas en el trayecto que eligió. Allegado al recipiente no había nada que depositar.

Al percatarse el patrón sólo quería darle de chuletas, nuevamente la cuñada le aplacó y le hizo abrirse a la posibilidad de que el asistente requería descanso. Luego de cocer el pan y las empanadas, le concedió día libre sugiriendo que fuera a la playa y se relajara. Entre dunas en la playa cercana a infiernillo, se acomodó a dormir continuadamente desde las diez hasta las cuatro de la tarde, hora en que volvió a la pega justo cuando se requería que fuera al centro en busca de bebidas.


lunes, 3 de noviembre de 2014

Algunos relatos

¿Qué se puede decir a la Tía Luzmira en su cumpleaños?

Lo primero que se nos viene a la mente es decirle gracias, por esas cazuelas que a veces eran de gallina flaca como ella dice, por los quesos, los huevos fritos, duros o a la copa, por las empanadas, los choclos cocidos, las humitas, el pan amasado, las papas cocidas con ají de color y manteca. Gracias por el  trigo que  tostaba en la callana y que después  transformaba en harina tostada o por el mote con  que nos refrescaba o apagaba la sed  en forma de agua con mote o harina o el no menos apetecido pihuelo. Gracias por esos combinados, la piscola y el jotecito, el ponche y los cortitos que nunca faltaban para animar la conversa. Y gracias también porque con todo lo que le comíamos durante la estadía, aún quedaba cosecha para regalar y no faltaban los sacos y bolsas llenitas de grano que nos llevábamos de regalo para el camino y el invierno, allá en la ciudad donde estas cosas son tan preciadas.
Gracias por la acogida que brindaba a quien dispusiera llegar a su casa, por el techo y la cama con que cobijaba y aun cobija a aquellos que la visitan, o a los que por opción o por ausencia decidieron compartir con ella su vida, transformándose en sus hijos o hijas. Gracias por los consejos,  las historias, las enseñanzas,  el recordar con tanta frecuencia y naturalidad, las mejores anécdotas de la vida nuestra y de nuestros padres y abuelos. Historias con que recreaba las partes o etapas de nuestra vida en las que se fue forjando nuestro presente. Gracias por las oraciones que atendidas por Dios seguro a muchos de nosotros nos tienen aquí presentes sanitos y con buen ánimo. Con esas oraciones también ha seguramente facilitado el camino a aquellos que ya han partido y ha transmitido la cultura de una religiosidad prolífera en resos tan antiguos que muchos escuchamos de sus labios por primera vez y que más de alguno hemos incorporado.
Seguro que sacrificó gran parte de sus propios anhelos por cuidar o atender a los deseos y necesidades de otros. Sabemos que la vida en soledad para nadie es agradable y mucho menos lo es para una mujer, en esa vida encontramos la fortaleza de su temperamento y su personalidad. Por cierto que a veces nos ha dicho más de una verdad, pero también es cierto que en más de una ocasión por deferencia y respeto se ha quedado con las ganas de decirnos otras cuantas verdades. Así nos ha dado ejemplo de cómo hay que luchar para ganarse el pan y parece que todos le hemos hecho caso. Claro unos ganando más como yo, y otros ganando mucho más como la Isabel.

Disculpas por las rabias que le hicimos y le hacemos pasar cuando nuestras actitudes no se encuadran a las reglas de una buena conducta. Disculpas porque a veces pasamos sin saludar, porque nos vamos muy pronto o porque no cumplimos con algún encargo necesario. Disculpas porque a veces hablamos demasiado o nos involucramos en temas que no nos conciernen. Porque nos peleamos o mostramos indiferencia ante las penas que algún integrante de la familia vive.
Disculpas por los malos cálculos que alguna vez la hicieron pagar demás por una tarea de arrancar porotos o lentejas. O por las travesuras de alguno que le corrió mucho las vacas, haciendo que no dieran leche o se le metió al jardín dejando la embarrada en alguna siembra. Aun así con paciencia nos reconoce las virtudes y nos pone bien ante sus amistades y la comunidad. No he sabido que se haya  avergonzado  de sobrino alguno, salvo aquella vez en la iglesia cuando pensó que este iba a hablar puras leseras.
Admiración por ver cómo ha salido adelante en su vida, solita, batallando, sin estudios o con pocos estudios, porque la vida en el campo era difícil, porque la escuela quedaba lejos y porque debía atender a los deberes de una casa en que ya los hermanos mayores habían partido para hacer su propia vida y labrar su futuro.  Una vida sin recursos, sin mayores herencias, solo con trabajo, empuje, perseverancia y la mayor cuota de ingenio.
Así sin embargo sabemos que debe tener una de las mayores fortunas de Calpún y también es claro que ha debido pelar el ajo para tener lo que tiene. Y por cierto, sabemos que su fortuna no es solamente económica o financiera. Creo que su mayor fortuna es tener el cariño de sus dos hijas a quienes aún adultas conserva y protege como cuando eran niñas. Y posee también el cariño y admiración de una buena tropa de sobrinos que sus hermanas y hermanos se han encargado de darle.
Admiración también por su ingenio y temperamento, por su sabiduría y capacidad de emprendimiento. Si bien todos los años nos dice que las cosechas han estado malas, que el campo ya no deja nada, que el clima no acompaña, que no hay quien trabaje el campo, que no hay medieros, etc., siempre se las arregla para tener harta paja en el pajero y varios sacos de grano en la bodega.
Y desearle que viva mucho más, que la salud la acompañe, la prosperidad se mantenga y que su presidenta Bachelet, le otorgue algún reajuste de la pensión y varios bonos para pasar el invierno, para celebrar el 18 y la navidad. Y no estaría demás un bono para remedios, alguna ayuda con el costo de la luz y el agua. Todo es bienvenido, porque todo también lo disfrutamos quienes no podemos dejar de saludarla cuando venimos al campo porque la tenemos como a nuestros padres e hijos, entre las personas más importantes de nuestra vida.
Feliz cumpleaños, salud y SALUD.



El suceso de la línea férrea.

Estábamos allí en la línea férrea, un grupo de amigos cuyos nombres y caras no recuerdo, reunidos por alguna causa que no me explico. Tres o cuatro paisanos al lado izquierdo de calle Manuel Rodríguez, allí donde se junta la basura o por donde transitan los que quieren acortar camino hacia las antiguas bodegas, hoy no sé si arrendadas o concedidas a un particular que tiene una suerte de feria de las pulgas, o feria persa. Raro porque el piso era de cemento muy reluciente, había bancas al costado de la última casa, donde unos sentados y otros de pie, conversábamos sabe Dios de qué temas.
De repente un auto cruza la línea férrea desde el barrio alto hacia el centro, extrañamente también luego de pasar frente a la Copeval, da una vuelta en U y se dirige hacia nosotros, No hay hierros, ni piedras ni desniveles que le impidan el paso. Calmadamente se acerca y se detiene frente a nosotros saludándonos cordialmente y dando pie a nuevos diálogos que tampoco recuerdo.
Uno de los que estábamos allí se acerca a la puerta del copiloto y sentándose como si fuera en silla de ruedas de alguna manera se adhiere al auto que comienza a dar vueltas en círculos transportando a este relajado y feliz polizonte. No hay revuelo, solo sorpresa y algarabía en los que observamos la maniobra que nos parece de lo más natural y entretenida. Pudiera ser nada más un sueño, pero es el caso que luego pareciera que se me hace la hora de viajar y me dispongo a cruzar desde allí en diagonal hacia las boleterías, que se ubican al frente. Nada me impide el camino, no hay mallas ni barreras, ni rieles ni bloques de cemento que eludir o sobrepasar, el camino es plano tal como si transitara por una explanada pavimentada.
Luego de comprar el boleto, tal como lo hacía durante los años que viajé a Talca para cumplir con mis estudios, me fui a sentar allá al fondo, junto al restaurant en que mi padre supo de trabajo en algún lugar cercano, hecho que fue el origen de mi existencia en la ciudad. Allí muy cerca se ubicaba el tren excursionista que hacía sus viajes a Pichilemu y en el que en más de una oportunidad viajé con mis padres y hermanos hacia la playa. El lugar es más obscuro, solitario y permite observar de buena posición, el contorno, los pasajeros que arriban, aquellos a quienes no se quiere ver y a esos que se espera como acompañantes.
Pero sigue la incertidumbre de por qué no hay rieles, ni cables ni barreras. No hay piedras ni bloques de cemento ni los antiguos durmientes. Parece una estación futurista donde seguramente transita el nuevo tren que levita.



Las dos hileras de estudiantes.

Estaban allí, no sé por qué razón. Eran dos hileras de estudiantes, niños y jóvenes alineados dándome la espalda. Sé que eran estudiantes porque vestían de uniforme. Blusa blanca y falda azul las mujeres, camisa blanca y pantalones grises los varones. Unos más altos, otros más pequeños, mujeres y hombres sucesivamente; no estaban ordenados por su altura ni por sexo.
Entre las dos hileras dejaban un espacio en que yo debía transitar y me dispuse a avanzar por ese espacio. Hablando de vez en cuando a uno de ellos, el de mi izquierda o el de la derecha, aleatoriamente, sin una razón para elegir a este o aquel. Parece que debía cumplir con algún procedimiento de evaluación o de supervisión. A quien seleccionaba, hacía una pregunta sorpresiva, que debían responder según su naturaleza. Por ejemplo cuál es el estudiante que le corresponde al frente. Pregunta ciertamente inusual, sin sentido y sin propósito, pero con respuestas que advertían a alguno que se había movido más adelante o que se estaba quedando atrás, a propósito o por descuido.
Avanzando y preguntando, la interminable fila parecía comenzar de nuevo y cuando creía que estaba a punto de llegar al final, ahí estaba como un camino hacia el horizonte sin poder llegar a esos primeros estudiantes. En algún momento la fila se interrumpe dando paso a un gran salón en donde los estudiantes buscan asientos con sus bandejas de comida. Me parece que me corresponde averiguar las condiciones en que se entrega el alimento, así es que voy hasta los dispensadores en que tras vitrinas llenas de variadas preparaciones, se ubican manipuladoras blancamente vestidas, uniformadas y con bandejas en sus manos buscando aquél plato que el alumno desea.
Luego de servir la proporción adecuada, entregan la bandeja al estudiante, que se moviliza hasta otra estación de entrega donde también tiene la posibilidad de seleccionar entre varias opciones de platos, postres o entradas. Todo fluye de manera normal, no hay atochamientos ni esperas, los estudiantes dan muestras de satisfacción por el servicio y las manipuladoras cumplen su labor de manera sonriente y cercana al alumno, atendiendo cordialmente sus pedidos.
No sé si esto que ocurre diariamente en muchos lugares sea una remembranza de mis almuerzos en el casino de la universidad o aquellos que recibí en alguna empresa en que trabajé, en los hoteles, capacitaciones en que he experimentado esta forma de servicio. O pudiera ser un sueño premonitorio de un servicio futurista que hoy por hoy no es del todo aceptado por los estudiantes, que reciben magras raciones de alimentos, sin opciones y con platos más bien elaborados como ranchos de combate.



La parranda.

Es de noche, tan obscura la noche como en el campo. Por el camino sólo se ve a lo lejos alguna claridad que fluye de una casa en que las velas aún están encendidas. Esa casa en que sus moradores habitan de seis en una pieza, donde los más conversadores se cuentan y analizan el total de los hechos que han ocurrido en sus vidas o en las vidas de los demás, ahí por los alrededores. La conversación se extiende hasta que uno de ellos vencido por el sueño y la monotonía del relato, se queda dormido. El que habla continúa por un buen rato más, hasta que el silencio le hace preguntar si el interlocutor está despierto. El silencio le hace ver la respuesta y con cierta frustración porque estaba en lo mejor del relato y aun le quedaban detalles importantes para comunicar, se dispone a dormir.
Se ve también la luz de la luna, llena y luminosa que acompaña al que camina, que evita los tropiezos y que hace pensar en el próximo ciclo. Allá un poco más adelante se ve también algunos haces de luz que por su movimiento a quién no conoce esos lugares pudieran parecerle ovnis o fenómenos anormales. Pero es nada más el que falta en la familia, que alumbrándose de una linterna, camina en busca de la cama en que su cuerpo tambaleante estará seguro.
Y es que viene de una farra, una de esas tantas farras que periódicamente y por largos tres o cuatro días y a veces hasta más de una semana, se prolonga si es que los recursos, el entusiasmo y el cuerpo lo permiten. En esta ocasión han sido tres continuados días en el clandestino de las González donde con la mayor sonrisa se han quedado con el dinero propio y el de sus compañeros de farra, que rotando durante el día acompañaron la tertulia y los recuerdos.
En ese lugar no se pasan penas, se atiende a todos los requerimientos siempre que esté visible el dinero de la paga. Cuando llega la hora del hambre, se disponen a preparar lo que sea con tal de mantener animados a los celebrantes. Una cazuela no cuesta nada, ahí mismo se crían pollos y al lado está la carnicería de Don Hugo, por si prefieren otra carne. En un dos por tres aparecen los platos servidos abundantemente y vamos acompañándolos con un tinto que es lo mejor en estos casos.
Luego el bajativo, un cortito de menta o manzanilla, algunos prefieren el cacao y otros se lanzan rápidamente con el combinado de pisco o ron, servido con abundancia y poca bebida porque es para hombres. Ya por la tarde viene el causeo, de jurel tipo salmón con cebollita, de tomates con queso si es temporada o de patitas de cerdo o vacuno más entrado el invierno. Pan necesario, amasado y a la mesa, no faltaba más, qué cuesta prender el horno y cocerlo si la rosita es tan buena para amasar.
Llegada la noche hay quien todavía piensa en sus compromisos de mañana y se va sin mucho preámbulo porque sabe que si se pone a anunciarlo, lo más probable es que no lo dejen irse. Más tarde si alguien desea dormir un poco o acompañarse de una costilla, no hay más que mostrar la disposición de pesos y el encanto de las González aparece sin escrúpulos para ofrecer el necesario servicio. Y la cantinela sigue tempranito al otro día porque un pihuelo basta para encender los ánimos, renovar la conversa y acompañar a esos que han aguantado toda la noche porque son más hombres y así se demuestra.
Y vamos animando la conversa con algún bailecito, que por supuesto las González siempre están dispuestas a acompañar unas con el canto y la guitarra y la otra con el baile y la comparsa. Así la rutina se repite, no hay quien la detenga, aparece nuevamente el que se fue  ayer, y otro que no se había visto de manera que el grupo se mantiene encendido por el trago, el baile y la comida.
Tres días demora en gastarse el fruto de la venta de los porotos recién cosechados al precio que le pareció razonable y que no pudo esperar a ver si más entrado el invierno se incrementaba porque andar sin plata en esos días ya era insoportable. El trabajo de seis u ocho meses, labrando, sembrando, limpiando, regando, segando, arrancando, guardando, y trillando se iba en tres días. Claro aún quedan las lentejas y los animalitos que darán para pasar los días de vacas flacas mientras llega el préstamo de Indap para iniciar un nuevo periodo.
Camina lento para no tropezar, se asegura que el pie llegue a su destino aunque sea por instinto porque claro, la luz de la linterna va un poco más adelantada, a ver el siguiente paso. La casa se compone de una gran habitación para dormir donde caben holgadamente seis u ocho camas. A nadie se le ha ocurrido hacer separaciones pues nadie se ruboriza al ver a la madre, el padre o los hermanos desnudarse. Claro que todos lo hacen con precaución y con la tenue luz de la vela que no permite ver detalles. Una pieza menos grande pero suficiente para disponer un gran comedor familiar, en que diariamente se pueden sentar hasta doce personas cómodamente. Y no falta quien llegue por lo que esos puestos están siempre disponibles. Otra habitación más pequeña para ese que llega solo de vez en cuando, pero que es de él por adjudicación al mayor de la casa y al que produce los mayores ingresos con su trabajo.
La cocina es el lugar para las mujeres y es allí donde pasan la mayor parte del día. Un buen tiempo para el mate de la mañana, otro tanto cocinando el almuerzo, y bastante más realizando las tareas del campo y de la casa, en que se requiere hervir agua y calentar olletas de comida para los perros, la leche para el manjar, el trigo para el mote, en un fogón formado en el suelo con un promontorio de tierra cercado por ladrillos. Desde el techo negro por el hollín acumulado, se descuelgan gruesos alambres en los que se sostienen las olletas de hierro. Leña suficiente a un rincón, mueble con utensilios para revolver y atizar el fuego, un pisito una silleta y nada más son los componentes de la cocina.
Junto a la casa, pegado a ella y a la entrada de la propiedad, está el granero. Un gran galpón de dos pisos, en que también se guarda la paja y en el que se cobija a los animales en días de mucha lluvia o frio. Para subir al segundo piso, allí donde está la paja, hay una escalera hecha con varas de eucaliptus, con travesaños clavados y asegurados con alambre de enfardar. El hombre sabe que luego de esos días de ausencia no será bien recibido. Entra al granero y en sus pensamientos está la idea de subir hasta donde está la paja y allí recostarse a sus anchas, claro pasando un poco de frío en la mañana, pero ahora nada porque viene todavía prendido por la carga de alcohol acumulada y el cuerpo calentito por el ejercicio del camino.
No es fácil subir la escalera pues sus palos redondos y resbalosos no dan seguridad de sostenerse. Más cuando el cuerpo viene en mal estado. Pero arriba hay que llegar así es que sin más trámite con la mayor precaución deposita uno a uno sus pies en los eslabones y avanzando lentamente pero con seguridad llega sin percances hasta el penúltimo eslabón. Sólo quedaba uno, pero ese fue el de la desgracia. Al día siguiente el padre que buscaba forraje para los animales lo encontró tumbado en el suelo. No habría más parrandas.



LA CARRERA

Eran los dos grandes, tanto de altura como de fortaleza. En esos tiempos uno comerciante y el otro aprendiz de todo lo que tuviera que ver con el campo, se buscaban mutuamente sea por la compañía, sea por la posibilidad de hacer algún negocio, o simplemente por el cariño que el sobrino siente por el tío, no tan mayor, con el que tiene afinidad de carácter o similitud en la búsqueda de aventuras. Ambos sabían de caballos desde que tenían uso de razón, si no los propios, estaban los de la familia y aquellos que llegaban montados por algún pariente o amigo.
Ambos de piernas largas, no tenían mayor dificultad para montar y es del caso que el menor cual integrante del cuadro verde de Carabineros, ya entonces practicaba con éxito el subirse de un salto por el trasero del caballo que manso y tranquilo no se espantaba al recibir de un golpe el peso del joven flaco pero fornido. Las manos en el anca servían de trampolín y luego abiertas las piernas llegaba casi hasta el lomo del caballo en donde rápidamente encontraba las riendas para sujetarse y dirigir al animal por el camino deseado.
Los trayectos eran largos de un pueblo a otro, allí donde había algo para comprar o para ver. El caballo entonces era una necesidad en la que todo joven consideraba prioritario invertir. El mayor ya tenía dos; La Pichanga y El Cariblanco, madre e hijo que dotados de buenas ancas, largas piernas y un pelaje vistoso, habían parece nacido para correr. Claro, no profesionalmente pero collereando en cada desafío que se armaba por ahí con los amigos y vecinos y por supuesto en las carreras a la chilena que se publicitaban cada domingo o festivo, en diferentes sectores rurales y campos cercanos.
Así cada animal se iba ganando un prestigio y cuanto más reconocido era, más se incrementaba el número de desafiantes que buscaban humillarlo. Tío y Sobrino ya viendo por más de dos años las capacidades de cada animal, sabían perfectamente cuál de ellos ganaba en las diferentes condiciones, en que se arman las carreras. Si la distancia era corta digamos 200 metros, era claro que el joven Cariblanco no le daba paliza pero sí llegaba al menos un cuerpo delante de la experimentada Pichanga. Por el contrario en 500 metros la cosa era diferente, la fortaleza ganaba al ímpetu y la madurez a la juventud de manera que la Pichanga era en este caso la vencedora, claro que por muy poco.
Si bien estas virtudes de los animales eran conocidas en el círculo cercano de estos dos aventureros. Más allá, en los pueblos alejados, sus posibilidades sólo podían ser advertidas en la carrera misma. Y es el caso que en uno de aquellos viajes, que por otros asuntos, hicieron a uno de esos pueblos, resultó que habían carreras ya convenidas y nada más podían ellos ser observadores como los tantos que se reunían en aquella fiesta, haciendo sus apuestas por uno o por otro de los contrincantes.
Sin haberlo planeado llegaron a la cancha separados, por lo que nadie pudo advertir que eran familiares o que pudiera haber algún acuerdo entre ellos. Tío y sobrino recibieron las miradas de los asistentes y no faltó aquel que propuso enfrentar a estos jinetes y sus cabalgaduras, en un duelo entre ellos.
Luego de mostrarse indiferentes para no dar señales de una posible colusión, con la parafernalia propia de estos eventos se fue avivando la controversia de manera que no hubo posibilidad de eludir el enfrentamiento. Claro, no estaba de más invertir algunos pesos en apuestas, porque para que se arme la carrera, por cierto que debe haber un monto que discutir. Señaladas las reglas respecto a la distancia, era claro el resultado, pero sólo para estos aventureros, que no tenían nada que perder y sí mucho que ganar en caso que la carrera finalmente se realizara.
Y así fue como finalmente ocurrió. Una memorable carrera para todos los asistentes, un desenlace claro para el que se nombró como jurado, y una gran suma de dinero que luego de señalado el ganador, se entregaba o se guardaba por los que habían ganado o perdido. El premio mayor era contado con entusiasmo por el tío y alcanzaba de sobra para invitar unas jarras de vino a quienes lo alentaban. El sobrino asumiendo su rol de perdedor, se guardaba de hacer cualquier gesto que diera señales de alguna relación con el ganador, dedicándose nada más a observar a distancia prudente las conversaciones del Tío que tampoco podía salir del lugar tan rápido como quería.
Ya comenzaba a esconderse el sol, cuando no faltó aquel visitante que conocía a los animales y a los jinetes. Enterado de la carrera y el resultado, el deslenguado no guardó prudencia y rápidamente el rumor de que había arreglo se repartió entre el público, preocupando a ganadores de alguna apuesta y encendiendo fuego en los interiores de los que habían perdido su dinero. Un grupo de ellos fue en busca de los coludidos y viendo estos que no había más que hacer allí, iniciaron otra carrera, pero esta vez no por dinero sino por salvar la integridad que se veía seriamente amenazada.
A mata caballo por más de 10 kilómetros, pudieron sentir que ya no había perseguidores, por lo que entre susto y agitación se detuvieron a contar y repartir las ganancias, claro en la mayor proporción para el Tío que consideraba ésta experiencia como una enseñanza más bien que un trabajo para el sobrino aprendiz.



El novillo rastreador.

Sea por fortuna o por desgracia, el caso fue que sus padres lo dejaron al cuidado de la Tía, hermana menor de su madre y su esposo, hoy sus segundos padres como así los llama. La familia se mudaba a una ciudad lejana y la incertidumbre respecto a su destino, sugería no partir con toda la prole, hasta no acomodarse en el nuevo domicilio. Sea porque fuere el más vivo de los hijos mayores, el más adaptado a la vida del campo, el más trabajador o el que pudiera llevarse mejor con tíos y primos, o simplemente por una cuestión de azar, el caso fue que se quedó y ahí no más estaba tratando de cooperar con los quehaceres del campo para incrementar el cariño que ya le prodigaban sus tíos. Adelantado para su edad, su utilidad era reconocida y aprovechada muy bien para encargos menores, como llevarle el desayuno al tío que de madrugada aún oscuro, ya estaba en el campo trabajando. Con el tiempo se había transformado en el compañero del tío que  valoraba en él su entusiasmo y capacidad para realizar toda clase de encomiendas, por supuesto con la prudencia de lo que se puede pedir a un niño de siete años.
En cierta ocasión el Tío que pasaba la rastra en un campo de unas siete cuadras, debió suspender el trabajo para ir al pueblo por algún trámite necesario, aún quedaba más de la mitad del trabajo, pero no había mayor apuro en continuar al día siguiente. El niño considerándose capaz de continuar, propuso al Tío encargarse del trabajo y el Tío lo aprobó por bien, claro considerando que a lo más, podría hacer un par de hileras para cuando el volviera, pues tal trabajo aunque principalmente es realizado por los bueyes que tiran la rastra es bastante cansador para un adulto y por supuesto lo sería para este niño por muy empeñoso que fuera. Tampoco era pensable que pudiera manejar la yunta que en esta ocasión se componía de un experimentado buey y de un ansioso novillo que se había enyugado junto al buey más bien para que aprendiera.
Habiendo obtenido el consentimiento, el niño comenzó con su faena. Tal como lo había observado, se subió a la rastra sujetándose de la soga destinada para ello y manteniendo el equilibrio, picaneaba a los animales para que avanzaran. Tal operación le pareció demasiado lenta pues el buey a paso cansino irrespetando al conductor, no hacía caso de las embestidas que el novillo intentaba para apurar el paso. Más bien el niño se dio cuenta que el buey sujetaba al novillo impidiéndole avanzar.
Tal razonamiento y su deseo de avanzar lo más posible en el trabajo para ganarse el reconocimiento del Tío, lo llevó a detener el proceso, separar a los animales y poner sólo al novillo para que tirara la pesada rastra. La idea resultó en todo un éxito pues el impetuoso novillo tiraba la rastra casi corriendo y a buen tranco avanzaba bastante más de lo que lo hacía junto al buey.
Claro, hasta que se cansó. El niño entendía esto del cansancio y por supuesto dejaba reposar al novillo hasta que le parecía suficiente, como para continuar con la faena, que a estas alturas se había transformado en un desafío que a toda costa quería cumplir, para ver la admiración con que el Tío observaría la faena terminada. Pero cada vez el novillo requería más tiempo de descanso que el que duraba haciendo el trabajo. Claro, faltaba muy poco y no podía dejarse la tarea inconclusa, así es que el niño animaba con todo su ímpetu al novillo para que avanzara otro poco más.
Todo ello fue posible hasta que el novillo se echó, caído en el suelo sin aliento, resoplando profundamente en busca de aire y alivio, el pobre animal soportaba los picoteos que el niño le daba allá por las entrepiernas para que se pusiera de pie y continuara la faena. Soportó también que le tiraran de la cola y con bofetadas en la cara trataran de hacerle ver que estar echado no era la posición digna para un novillo candidato a transformarse en buey.
Pero no había más fortaleza, su corazón apenas latía, el esfuerzo había sido demasiado en poco tiempo. Finalmente haciendo un último empeño el animal se puso de pie y fatigado al extremo, completó la faena. El niño se percató que había algo de sangre en las entrepiernas del animal y como solución, más bien para encubrir la evidencia, esparció un poco de tierra húmeda en sus heridas, de manera que a la vista, pasara sólo por una mancha de barro.
Cuando el Tío volvió era evidente que el trabajo se había completado a costa de la vida del animal que al anochecer, precaviéndose que el niño no lo viera, tuvo que sacrificar.



El zapallo.

Estaba ahí, reluciente, entre verde y gris su estructura, grande, imponente, casi un metro de diámetro, como una esfera con lunas demarcadas por suaves líneas, un abanico de venas unidas a su cordón umbilical. Era un gran zapallo, no había visto otro de tal envergadura, parado junto a él, su altura me llegaba hasta el pecho.
Yo era un niño de visita en casa de la tía en cuyo campo maduraba la chacra con variedad de plantaciones, algunas ya en etapa de cosecha. El anfitrión un primo todo terreno, aventurero, ingenioso y temerario, que me llevaba un par de años en edad y mucho camino recorrido en experiencia, sobre todo en los asuntos del campo. Habíamos recorrido la propiedad que su padre había dejado para el disfrute de sus herederos, cuando la edad y las enfermedades propias de la vejez, determinaron su partida, no hacía muchos años. Hacia el río observamos pequeñas lagunas formadas por la creciente del invierno, en las que peces de tamaño apreciable, luchaban por encontrar el alimento y oxígeno,  necesario para seguir con vida. Otros ya se habían entregado al destino y flotaban inertes demostrando así como la naturaleza hace su trabajo. Descubriendo senderos, entremedio de las zarzamoras y las chircas, caminamos por toda una tarde y ya faltando poco para el atardecer, estábamos ahí contemplando el magno zapallo que alimentado por su guía, aun estando ya maduro, a nuestro entender, seguía creciendo.
Allá por la ribera del río no había cercas que indicaran el paso de una propiedad a otra, pero mi primo bien sabía que estábamos en el campo del vecino, que aquél año había destinado su mayor esfuerzo a cultivar zapallos y que al parecer le había achuntado en la elección de la siembra, pues a la vista era evidente que había logrado una gran producción de zapallos. Pero este que teníamos al frente era extraordinario, si hubiera por entonces algún concurso que premiara el zapallo de mayor envergadura, seguro éste habría sido el ganador. La impresión se transformó en maldad cuando el primo decidió cortarlo de su conexión con la tierra, desafío que no logró sino con gran trabajo e ingenio porque desprovisto de cuchillo o alguna herramienta que facilitara el proceso, lo hizo a mano torciendo la guía y frotándola con algún trozo de piedra cual indígena ancestral. El desafío luego era trasladar el zapallo hasta la casa, donde seguramente recibiríamos el reconocimiento al esfuerzo y la capacidad por lograr tan grande hazaña, dado el peso del zapallo que superaba ampliamente nuestras posibilidades. Ninguno de los dos pesaba tanto como el zapallo y juntos tal vez pudiéremos haberlo superado levemente. La hazaña sólo podía lograrse haciendo rodar el zapallo sobre su propio centro y los esfuerzos nuestros estarían más bien destinados a darle dirección y superar los obstáculos que el terreno nos opondría por más de dos cuadras, que era la distancia que debíamos recorrer con esta descomunal calabaza.
Eligiendo el camino más directo, inevitablemente había que cruzar la cerca de alambres que separaba ambos terrenos, al llegar a esta, ninguno tenía la fuerza suficiente para levantar y estirar el alambre más bajo de manera que por ahí pasara el abultado zapallo. No hubo más remedio que remover la estaca más cercana y aplicándole lo que después sabría se llamaba torque, el primo la sujetó hasta que yo pude hacer rodar el zapallo por debajo de la cerca. De ahí en adelante era todo algarabía, porque el mayor sudor ya lo habíamos gastado en el traspaso de la cerca.
Ingenuos los dos infantes, desprovistos de todo sentido de maldad y no imaginándose jamás que la empresa que se acometía era delito, llegamos hasta la casa celebrando la hazaña. Sorpresa mayúscula fue la reacción de la tía y los primos mayores que calificando la empresa como robo y gran delito, nos dieron tremenda reprimenda verbal y luego algunos varillazos a mi anfitrión que no pudo escabullirse del hermano mayor que lo puso a disposición de la justicia materna.
Allá en casa de mi abuela donde estábamos alojados, luego que el primo a requerimiento de su madre, de a caballo me fuera a dejar; mi madre y otra tía preguntaban ¿y por qué no trajeron un pedazo para acá ente hacemos sopaipillas?.




La dramática historia de las niñas que viajaban de polizontes, en el último carro de segunda clase del tren Santiago - Temuco.

Allá por los años 87, en el tren que salía desde Santiago a las 22 horas y que pasaba por San Fernando como a las 23,45, yo había perdido el de las ocho cuarenta que era en el que viajaba en forma habitual, sea porque tuve algún trabajo que hacer o porque la convivencia dominguera en mi casa, con algún hermano u otras visitas, estaba a esa hora en su mejor momento. El último vagón del tren es el que queda más cerca del que espera en la estación de San Fernando. Todo el tren debe pasar el cruce de la línea ferra con la calle en que los conductores impacientes no permitirían mayor demora. Irme de pavo no era la causa para elegirlo, pero no estaba mal ahorrarse ese dinero, siempre escaso. Las boleterías a esa hora estaban cerradas y siempre era posible pagar el pasaje a los inspectores durante el viaje. Si ya recuerdan este tren y sus asientos de madera, con una pequeña cubierta de tevinil y alguna estopa para ablandar el lugar en que se deposita el trasero y la espalda, recordarán también que el carro acumula los olores de todo lo que los pasajeros consumen a modo de cocaví y en sus últimos asientos, ahí frente al baño se produce la mayor mezcla de gases, obligadamente soportables, porque se confunden los más reconocidos y aceptados de aquellos que generan el mayor repudio
Eran tres hermanas, ocho, diez y doce sus años de edad. Habían tomado el tren en Santiago y su destino era algún pueblo cercano a Chillán. Estaban a dos asientos del mío y sus reiteradas miradas me dieron a entender que podría unirme a ellas para hacer más corto el viaje y respondernos las preguntas que seguramente ellas y yo, nos hacíamos acerca de la naturaleza de ese viaje y de por qué estábamos ahí. Mis respuestas simples, estudiante de pedagogía en matemáticas en la Universidad de Talca, que viajaba todas las semanas y que no había alcanzado el tren de más temprano. Con el temor natural de llegar tan tarde a Talca en época de invierno y que se supera nada más por la convicción de lo que hay que hacer.
Su relato fue inesperado, escenas de violencia al interior de la familia hicieron que su madre un día simplemente desapareciera. Solas con el padre superado por el alcohol, se cuidaban mutuamente pero con todas las dificultades que la irresponsabilidad y el abandono de sus padres les ocasionaban. Por tres meses habían experimentado toda la angustia que significa no saber de la madre, pero una semana atrás dio noticias de estar viva, trabajando y viviendo en Santiago, disculpándose por no haberse comunicado antes y por no traer a la hija menor, señalando como causa que, al partir, no tenía ninguna certeza acerca de cómo viviría en la capital. Sin dar detalles de cómo y dónde vivía, en la carta se despedía nada más deseando que estuvieran bien.
El primer impulso de las hijas abandonadas, fue salir en busca de la madre. Teniendo como referencia el lugar desde donde se remitía la carta, viajaron a Santiago sin informarle nada al padre que por esos días, como era normal, andaba tomando. En el mismo tren habían llegado a la capital en el amanecer del día anterior. Preguntando habían encontrado el domicilio de la madre, que compartía claro, y sólo allí se dieron cuenta, con un vecino del pueblo cercano a Chillán, con quien se había escapado luego de mantener un romance clandestino, quien sabe por cuánto tiempo.
Ni el padre alcohólico ni ellas habían reparado en el hecho que aquel vecino había desaparecido del pueblo en la misma fecha. Con pesar se percataron que en la madre no había mayor entusiasmo por el reencuentro y más bien con cierta premura les hacía ver que debían regresar porque al menos con ella, no había posibilidad de quedarse.
En la estación central pasaron las horas mientras esperaban este tren que las traía de regreso. Con un mínimo de recursos para alimentos, habían sobrevivido, pero ahora viajaban sin pasajes. El inspector, a quien le habían informado su situación financiera, les había dicho que se vinieran en este último carro y que si no recibía la supervisión de algún oficial de mayor jerarquía, podrían continuar su viaje sin problemas.
Pero al llegar a Talca, la revisión de rutina, señaló al inspector que yo estaba a punto de no pagar y que mis amigas podrían haber influido de alguna manera haciendo difusión de la regalía que sólo a ellas había concedido. Luego de cobrarme, sin más remordimiento, les dijo que se bajaran en Talca. Hasta ahí llegaba el beneficio, cerca de la una veinte de la madrugada, solas en lugar desconocido, las niñas podrían ser presa de cualquier desgracia. Me sentí culpable, tuve la intención de acompañarlas ahí en la estación el resto de la noche. No podía llevarlas al pensionado allá por la 15 oriente pues estaba destinado sólo a varones, y el incumplimiento de esa regla era causa suficiente para la expulsión.
Recordé que junto al pensionado había un terreno abandonado, en el que alguna vez hubo algo y que alguna construcción con techo aún quedaba en pie. Pero fue mala idea, el frío era insoportable. Conversada la situación con mis compañeros de pieza, acordamos encubrir el hecho y las hicimos pasar solapadamente. Se acostaron y durmieron plácidamente en los camarotes dejados gentilmente por mis compañeros. A la mañana siguiente, muy temprano, yo las despertaba, y les rogaba que se levantaran, antes que el inspector pasara revista a las piezas.
Luego de unas sopaipillas con ají, mínimo gesto para su desgracia, ahí cerca de la carretera las vi encaminarse hacia el sur, deseando que algún camionero gentil o automovilista generoso las acercara a su hogar.
Prólogo a la dramática historia…
El título ya dice lo dramático de esta historia. Tan lamentable es, que ni siquiera me atrevo a escribirla. Y es que en mi vida no he visto ni sabido de vivencia semejante. Las películas de terror no han logrado describir hechos de tal envergadura. Los lectores de cuentos de terror no se imaginan que tales sucesos pudieran ocurrir en la realidad. Con esto quiero decir que quien se atreva a continuar con la lectura, sea adulto, joven o niño, debe comprender que lo que sigue a continuación, puede ser causa de pesadillas en el futuro y que si no está preparado para tales relatos, es mejor que no continúe con la lectura. Y si es del caso que sigue leyendo, lo que ocurra en su vida en los próximos días, es de propia responsabilidad.
Sugiero además que niños y niñas, interesados en esta historia, sean supervisados por sus padres, de cuyas explicaciones puedan encontrar algún alivio a la psicosis mental que los hechos aquí descritos pudieran ocasionarles.
Deslindo también mi responsabilidad intelectual, por cuanto soy protagonista de tales eventos, si no del final, al menos de las cinco sextas partes de la historia, por tanto lo que escribo es nada más



El enfrentamiento de la “Picusina” y la “Chancaca”.

No hay yegua que se recuerde más como a la “Chancaca”. En cada historia del campo de mis padres, aparece como protagonista principal. Sea porque su dueño, mi abuelo, se había encargado de hacerla famosa a propósito de sus múltiples aventuras en que ella lo acompañaba, o porque simplemente se había ganado un nombre a costa de pasear a tanto nieto que por trabajo o por placer tenía la oportunidad de montarla.
No se puede decir de la “Chancaca” otra cosa que no se relacionara con su dulzor y su color. Por algo el abuelo la bautizó con ese nombre. Una yegua mansa que acepta por bien a todo jinete y que se conduce casi sola por el camino que se le endilgue. De hecho el abuelo, tantas veces afectado por el exceso de alcohol en todas y cada una de las fondas en que por obligación o por afición se involucraba, siempre tenía a la “Chancaca” ahí sujeta, plácida y tranquila, esperando al jinete que según su experiencia debía conducir hasta su casa.
El color de la chancaca ha sido siempre el mismo que vemos en esa cajita deliciosa que licuamos cuando se nos ocurre macerar las sopaipillas. Entre café y negro; es como el preludio de un festín que no tiene nombre, pero que disfrutamos cual más, cuando la refrescamos con nuestra masa tradicional.
No tuve el placer de conocerla, no era yo visita frecuente en esos tiempos. Pero a mí, han llegado múltiples historias que hablan de ese amistoso animal y no más queda dejar, al menos un escrito que hable de ella en forma de homenaje.
El caballar tiene una esperanza de vida estimada en 25 años. La “Chancaca” vivió esos veinticinco años y muchos más, en la memoria de otros veinticinco nietos que constituían la camada que las hijas e hijos del abuelo, se habían encargado de dejarle como herederos.
Entre ellos; dos que se disputaban el trono de mejor jinete. Claro, bajo el precepto que el jinete hace a la cabalgadura o que es éste quien maneja los impulsos del animal. Pero los animales tienen su esencia. La “Picusina” había nacido para correr. Era cosa no más que alguien la montara y la yegua se lanzaba al garete, atropellando cuanto se pusiera a su vista y si era del caso, incluso saltando cual “Huaso” al mando de Larraguibel, superaba cuanto obstáculo se pusiera en frente.
Desde el rio hasta la casa, había más o menos unos quinientos metros. Esta es una medida relativa porque cada año el río se encargaba de cambiarla, según para cual lado cortara durante las crecidas de invierno. Y era un buen momento para probar a la “Picusina” y la “Chancaca”, dos hembras de años perecidos pero de comportamientos diferentes. Ambas procuradas por el abuelo que desconocía cuando los nietos las echaban a correr, pero que bien sabía, que estos desafíos ocurren, cuando hay dos que se quieren ver las caras.
En este caso, el dos años mayor, llevaba la ventaja de decidir cuál era su montura. El menor, simplemente aceptó el desafío, tal vez porque tenía la secreta esperanza de ganar. Pero la “Picusina” no se andaba con criterios y cuando se dio la orden de partida, inconsciente y presumida, no pensó en quién era su jinete y se lanzó a la carrera, solamente pensando en llegar a la casa, que era el lugar donde encontraba alivio, alimento y descanso. Era claro que iba ganando, así es que la “Picusina”, se tomó su tiempo para saltar las varas que separaban el campo de la casa, pero al doblar hacia el granero, mando a su jinete al suelo y hubieron de pasar más de veinte minutos y muchos ruegos del mayor para hacerlo despertar.
La “Chancaca” una vez más acudía a resguardar la integridad de su jinete. Derrotada incluso no tuvo recelo en detenerse para que su jinete bajara a ver el estado en que se encontraba su contendor.
Desde aquel entonces se sabe que éste se hizo creyente, rogando con fervor que el primo menor reviviera, absolviéndolo de la responsabilidad por haberle encargado a la “Picusina” que a esa fecha no tenía religión.



Jorge.

Espero no se moleste por haber usado su nombre. Es  el hermano mayor. Escribir acerca de él es complicado porque significará que tengo que hacer al menos diez relatos más, para compensar la envidia de los diez hermanos que le siguen. Pero es el mayor y es bueno comenzar por él si es que alcanzo a escribir para el resto. Escribir de él es también complicado porque seguro se emocionará si es que la tecnología le permite leer este relato, y su corazón abultado para su edad, puede no encontrar espacio suficiente para combatir la emoción y en una de esas, agitado, lo tenemos recurriendo al cardiólogo, allá por las uniones.
Se sabe de él que no era bueno en los trabajos del campo, su dedicación principal era el estudio. Tal vez por eso tengo con él tanta afinidad, a pesar de los más de veinte años que nos diferencian en la edad. Sin embargo más de alguno de los mayores y los tíos han hablado de su liderazgo y autoridad, incuestionada en la época en que yo la viví y que seguramente sirvió para organizar cuanta cosa debía hacerse en el campo para sobrevivir las inclemencias, especialmente considerando que la camada crecía indiscriminadamente debido a la fertilidad de la madre que absorbía cada arremetida del padre pródigo en hábiles, rápidos y fecundos espermios. Padre que también se ausentaba con frecuencia, especialmente allá en la calle de los perros junto al matadero en Curepto, donde compraban las menudencias para hacer toda clase de prietas, longanizas y arrollados, que la mano de monja de la madre transformada en exquisitos y apetecidos manjares.
Allá en el campo, bajando por la quebrada de Huelón, debía caminar más de tres horas para llegar a la escuela. Esto si el camino estaba habilitado, cuando no era así, debían bajar la quebrada orillando el torrente de agua que bajaba y buscando a cada paso un lugar seco en que poner sus descalzos pies, precaviendo lo que venía en el trayecto. Los otros buscaban cualquier excusa para no llegar, si era posible desviarse de la ruta, ir en busca de algún animal, un nido de tórtolas o un agujero de conejos; era siempre más importante que enterarse que por esos días había un gobierno republicano complicado por los rebeldes que siempre quieren imponer sus conceptos o que la geografía de Chile había cambiado luego de un feroz terremoto
Sobrio y calmado, hablar con él es un privilegio, pues se toma su tiempo para encontrar las palabras adecuadas, para lo que quiere expresar. Devoto de la lectura, devora los periódicos, especialmente las páginas relacionadas con política y economía. El Mercurio debiera darle una suscripción gratis por el sacrificio de lidiar con tan extensas y grandes páginas, con toda la dificultad que significa revisarlas. Derechista acérrimo ha protagonizado las mejores disputas intelectuales en estas artes. Algunas terminadas en golpes, pues su enarbolado temperamento le hace insoportable continuar de otro modo la conversa, cuando los contertulios no se ponen a su altura.
Llenó de libros los estantes de la casa: no había espacio para soportar su hambre de cultura. Yo fui privilegiado pues me leí todos sus libros de Agatha Christie y aquellos de autores latinoamericanos, uno de los cuales recientemente muerto. Por eso tal vez se codeó con las más altas autoridades de la comuna y reflexionó de igual a igual con los más grandes empresarios de San Fernando. Su despedida en busca de nuevos horizontes allá por el sur, resultó lamentable para la madre y los menores, que perdíamos el timonel de nuestra familia y el auxilio para eventos inesperados como las inundaciones en que alguna vez fuimos albergados en el hotel “Marcano” donde él trabajaba. No hubo después otra forma de conocer y visitar ese hotel.
Felicidad para algunos, desgracia para la madre, el día que anunció que se casaba fue casi una tragedia. A mí no me llevaron, los mocosos no sabían de estas cosas. Conocer a su mujer me costó varios días o meses hasta que vino por estos lados a mostrarle sus orígenes. Pero disfruté cual más, cuando me contó la historia de su romance, emocionado como siempre, allá en su casa, varios años después, en uno de esos días en que nos acompañábamos de unos vinos para conversar fuera de las horas permitidas.
Luego las vivencias con su familia, sus hijos privilegiados de tener tal madre y tal padre, me han servido para continuar teniéndolo como referente de lo que se debe hacer para sobrevivir en nuestros tiempos y al momento tiempo permitir que nuestros hijos crezcan por sí mismos. Ahora más lejano, y no porque así lo quisiéramos, la controversia entre el costo del teléfono celular, especialmente cuando las empresas proveedoras y destinatarias del servicio, no son las mismas, hacen que el costo de encontrarnos en una llamada, sea aún más alto que el de la bencina y peajes que producto del abultado impuesto específico, no nos permiten llegar tan pronto como quisiéramos; él hasta mi casa o yo por las cabañas de “Itape” allá en los Villarrica donde vislumbran, alguna vez, invernar.


El hombre de las piernas largas.

Ocurrió que yendo a entregar unos limones de la plantación que teníamos en Huelón, allá en el cerro. Con la carreta de bueyes llena de limones pero sin plata en el bolsillo, partí con dirección a Hualañé un pueblo que queda en el camino entre Curicó y Curepto, entre Licantén y la Huerta. Más o menos unos 15 kilómetros desde Huelón.
El viaje era largo, salí de amanecía, esperando llegar caminando al atardecer del mismo día. Por ahí en el camino, la sed y las ganas de comer algo que no fuera el charqui que llevaba porque aumentaba la sed; me tanteaba los bolsillos pensando que podía encontrar algo de plata y pasar por alguna posada donde me pudiera comer un buen plato de cazuela y tomarme algún refresco.
El asunto es que no tenía plata y comencé a pensar y a decir en voz alta que necesitaba plata y que daría cualquier cosa por tener aunque fuera unos 20 pesos para comer algo y tomarme un buen trago de vino. Pensaba que podría pedirle a alguien que anduviera por esos lados, pero en todo el camino no me topé con nadie. Todo esto lo pensaba y como que lo conversaba conmigo mismo para no sentir el camino.
Desde entonces me acostumbré a hablar sólo y no resulta extraño que a veces me encuentre hablando conmigo mismo. La cosa es que de repente se me aparece en el camino un hombre muy alto y flaco, de piernas muy largas que viene cruzando una viña acercándose hasta donde me encontraba yo. El gallo vestía con sombrero negro de ala ancha, una manta de castilla muy re larga, que sólo dejaba ver los pies que también los cubría con zapatos negros.
Se paró frente a mí y para mirarlo tenía que apuntar la cara al cielo, porque era tan re grande que me ganaba por lo menos dos o tres veces  mi altura. Yo también soy flaco y me encuentro bastante alto, pero re nunca me habría imaginado que hubiera un cristiano tan re grande.
Altiro pensé que podría ser el diablo que venía a ofrecerme plata a cambio quien sabe de qué. En una de esa, se quería llevar los limones que tanto a mi madre como a mi hermano nos había costado casi todo el año para cosechar. Además que los limones los teníamos comprometidos de entregar en la estación de Hualañe, porque Don Víctor Cáceres los había comprado a mi madre para mandarlo por tren pal sur.
No sentí miedo porque estaba acostumbrado a transitar sólo por esos caminos, cuando llevaba la cosecha de limones, de miel o de trigo, incluso hasta por cinco días cuando lo iba a dejar a Talca. El hombre me miraba de arriba abajo y yo por si las moscas me puse a rezar a la santa María y al Padre Nuestro. Me dijo que había venido porque yo parece que necesitaba algo y él tenía lo que yo quería.

No necesito na iñor, le dije y si acaso quiere molestarme piénselo bien porque soy hombre recorrido y no le tengo miedo a nadie. Me dijo que bastaba con que le pidiera lo que quisiera y que él me lo daría al tiro y tal como era mi deseo. Le dije nuevamente que no necesitaba na y que se fuera por el camino que había venido, que si bien andaba sólo a esa hora, bien me la podía para echarle una desconocía y quitarle unos cuantos metros a su largura.
Por si no me entendiera las palabras le mostré el corvo que traía en el cinto bajo la manta y me dispuse a enfrentar lo que fuera. En todo caso y más bien por precaución, entre palabra seguí rezando, a ver que si fuera el diablo se espantara con el clamor a la santísima y  el rezo al padre santo.
Parece que le entró a dar un poco de rabia porque me la echó clarita. Va a querer o no los veinte peso que andabas pidiendo.
Cuando le hay pedio algo yo iñor, acaso no me basta con lo que tengo, no me venga con leseras que yo no ando tuerto ni tonto. Y si quiero algo me lo gano con trabajo, y si hay que tomar tomo con mi plata; le respondí.
Se empezó a impacientar y las palabras le salieron con más choreza, parece que le estaba dando rabia pero yo ahí firme con la picana, el corvo y tanteando el revolver que también andaba conmigo.
No es cosa que te vengas a arrepentir de lo que venías pidiendo por el camino, acaso creí que no te estaba escuchando, aquí estoy pue, pide lo que quieras, repetía.
Que no necesito na iñor, le dije, y si no te vay ahora mismo vay a ver lo que te va a pasare.
Qué me va a pasar, me dijo, acaso no ve quien soy.
No me interesa quien soy vo, yo ando trabajando con Dios y Dios me acompaña en todo momento, quieres verlo, te atreví a mirarlo.
En eso le saco un escapulario que tenía prendido al cuello y que mi santa madre me había puesto en la fiesta del Carmen de hacía poco. Al mirarlo se echó para atrás y empezó a correr por entre las viñas.
Bueno el diablo patas larga, de un solo paso cruzaba tres hileras de parra y en diez pasos había cruzado la hijuela. De a poco se fue desapareciendo de mi vista perdiéndose entre la loma y yo comencé a pensar de la que me había salvado. Gracias a la madrecita que me puso el escapulario y al buen Dios que anda conmigo para donde voy.
En todo caso aunque ando hasta hoy, hablando sólo conmigo mismo, ahora ni se me ocurre andar pidiendo platas que no son mías. La plata mía sólo se gana con trabajo. Eso es todo.


Darío.

Debieron haberle puesto por nombre “Daría”, porque a eso no más se dedicó en el futuro…, a dar. Dar y disponer: los corderos para las fiestas, los bebestibles para acompañar los asados, los recursos para regalos, el primer auto para los paseos, la primera bicicleta y la primera moto. Seguro que también hizo su aporte para la restauración de la casa y para el primer televisor. Ese “Westinhouse” que poníamos en una pieza con bancas y sillas para que los pobladores de la Santa Elena, especialmente los niños pudieran ver las películas de pistoleros y los partidos de fútbol. Ya entonces se vislumbraba su deseo emprendedor, porque por una pequeña entrada de 10 pesos se financiaba el costo de la electricidad y algo quedaba para la administración de la madre, que estaba pendiente de cuántos entraban.
Preocupado de los menores, especialmente de este pata chula, que gracias a su manejo de los trámites y de las movilizaciones por Santiago, pudo saber que en definitiva el asunto de la cojera era causa de la poliomielitis y que no había más que adaptarse a esa realidad, según lo diagnosticaba un experimentado médico del hospital Exequiel González Cortes, allá en la capital donde nos había llevado con mi madre y los gastos pagados.
Su cuerpo ha sido fuente de aprendizaje y práctica para cuanto cirujano se conoce, tajeado por todos lados en innumerables operaciones, los dedos de sus manos no alcanzan para contarlas, porque además le falta uno que según he sabido lo perdió aplastado por alguna máquina de la panadería en donde trabajaba, para aportar rápidamente al erario familiar que el padre no alcanzaba a cubrir y porque eran muchos los hermanos que todavía menores requerían el apoyo y trabajo de los mayores. Sabe por tanto de dolores físicos y ya he dicho en algún relato que sabe también de trabajo y de cómo hay que ingeniárselas para enfrentar las dificultades.
Recuerdo como si fuera hoy, las peticiones de la madre cuando se acercaba la navidad, que le hacía a éste, el más dispuesto en recursos, explicando con vergüenza, que no quería regalos, más bien que le diera en dinero, el monto de los saldos de la iglesia, a los cuales había recurrido, siendo tesorera, para abastecer a la familia que consumía más de lo esperado y que debía reintegrar a toda costa el fin de año.
Prodigiosas sus manos para elaborar el pan, su receta no he visto jamás luego de que abandonara esas labores, en busca de su propio emprendimiento. Pasteles y tortas hechas por su mano para fiestas de la casa o para los clientes, del “Lido” en San Fernando o de la “ “ en Rancagua, son la parte dulce de la nostalgia que se siente por el tiempo ido en que la vida de familia numerosa se forjaba no a costa de gran sacrificio, especialmente el de los hermanos mayores que habían de trabajar a temprana edad, bajo el criterio de que el mayor debe colaborar para alimentar a los menores, impuesto por la madre.
Cazó a la mujer más esquiva y distinguida de San Fernando. También tuvo que buscar la libreta de familia que la madre escondía cuando alguno de los granos de la mazorca quería emprender el vuelo. Y luego las nueras se transformaban en sus mayores bendiciones cuando las conocía y disfrutaba de sus atenciones. Se tomó su tiempo para engendrar familia, porque no quería repetir los errores del padre que había, según él, traído irresponsablemente hijos al mundo. A ellos dedicó todo esfuerzo y todo el trabajo que su empresa creada a pulso y con ingenio, entregaba en forma de utilidades, no menores para esos tiempos. Junto a sus hijos, los hermanos, recibimos el regalo de sus asados, los jamones y tragos que nunca faltaban en su casa, incluyendo el aporte a nuestra formación que en los viajes por todo el país nos entregaba, cuando le acompañábamos.
La frustración de no poder formar esa gran empresa familiar donde cada uno de los hermanos teníamos el puesto reservado, fue tal vez la catapulta de un periodo en que se alejó para vivir por sí sólo las consecuencias de sus excesos con el pipeño y las aventuras que su vida de vendedor viajante le ocasionaron.
Pero su fortaleza a toda prueba, su determinación para enfrentar dificultades y enmendar rumbo, lo tienen por ahí, animoso el que más, gozando de buena salud y cumpliendo con sus obligaciones a sabiendas que cada día será mejor, que su trabajo es el mayor deleite y faltándole poco para los 70, edad a la que cualquiera quiere llegar con la claridad de entendimiento y la capacidad física para seguir batallando.
Omito a propósito en este reconocimiento, nuestras discrepancias acerca de lo que deben estudiar los hijos, porque con el tiempo se ha dado cuenta que viajando en la última pisadera del tren de segunda clase, el hermano labró su futuro, porque tenía la sólida base que padres y hermanos habían tallado en su espíritu, mucho antes que tales discrepancias ocurrieran. Hoy reencontrado con el escribiente, no hay más que decir.



Sueño.

Viajo en mi auto por un camino en la montaña. Hacia derecha e izquierda veo solo muros de roca viva, entre gris y negro, talladas por la naturaleza con salientes puntiagudas como pirámides o cuerpos geométricos de formas irregulares. El camino me parece tranquilo, rutinario, me desplazo sin novedad.
De repente frente a mí, aparece un muro alto, inconmensurablemente alto, quiero detenerme pero no puedo, atrás alguien me empuja, no alcanzo a ver la cima de la montaña. Es un muro recto, de piedra gris y puntiaguda. No se ve forma de atravesarlo, hasta ahí llega el camino.
De repente aparece un túnel labrado en la montaña, tiene forma de parábola abierta hacia abajo y su lado recto es el camino por el que conduzco sin saber hacia dónde voy.
No hay manera de detenerse, debo entrar a ese túnel, no puedo dejar pasar a los que vienen detrás, porque el camino es muy estrecho, solo cabe mi auto. Ingreso al túnel, es inevitable, trato de ir lento, porque el camino tiene curvas hacia uno y otro lado. En el túnel solo cabe mi auto, por arriba y por los lados hay rocas que apenas dejan el espacio para que yo avance.
De momento  el camino comienza a bajar con una pendiente que supera a los frenos, siempre en curva, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, siempre bajando descontroladamente. Siento que ese tobogán no tiene final.
Cuando creo estar cayendo a un abismo sin fondo, el auto se detiene bruscamente. He llegado a un plano  similar a un pique minero. Es un gran socavón que ha quedado en el fondo de la mina, luego de las excavaciones para extraer el preciado tesoro. Al fondo, en una de  las galerías que conducen a esta nave, hay personas, son 23; algunos con el torso desnudo y otros visten camisetas rojas con números en pecho y espalda.
Tiznadas sus caras y sudorosos sus cuerpos, por la humedad y el infernal calor, están formando un círculo y observan todos al centro, donde hay un objeto que brilla. Es la copa del mundial de fútbol Fifa 2014 que han traído desde Brasil. Bajo tierra, a quinientos metros de profundidad como allá en la mina San José gritan Chi, Chi, Chi, le, le, le, esperando el rescate que mil quinientos millones de espectadores observan por televisión, y que demorará 4 años, tiempo en que la copa permanecerá aquí, en Chile.





Mario.

Si ya se ha enterado que estoy haciendo estos relatos, seguramente debe ser el más nervioso por conocer el texto dedicado a él. Su corazón y su mente deben estar en conflicto, como ha sido siempre cuando las decisiones del corazón se oponen a los preceptos que indica la mente. Este párrafo lo va a dejar pensando un buen tiempo y se espera la llamada para solicitar alguna explicación que aclare los dichos.
Debe haber sido el de la mejor percha en sus años de mosuelo, con sus pantalones blancos pata elefante, con su pelo largo a lo hippie mejorado,  se paseaba por la plaza de San Fernando, luciendo a su Ruty y a su “Santana”, primogénito inesperado y apresurado. No hubo necesidad que su cuñado Carabinero lo atrincara, porque ya había tomado la decisión de “encontrarse al otro domingo” con la que luego sería su esposa.
Delantero nato, habilidoso y goleador en las juveniles del Colchagua. A poco de pasar al primer equipo, tuvo que enfrentarse a la decisión de trabajar y estudiar en la nocturna o seguir la carrera de futbolista con incierto futuro. El que más se le parece hoy el día es el holadés Rowen, a propósito que estamos batallando con ellos en el mundial de fútbol de Brasil.
Supervisado siempre por su hermano mayor, allá en el Sanvi Pool de San Fernando, quien le reclamaba por el aseo del local, que era para lo que estaba contratado, primero observando y haciendo las cuchas, luego practicando cuando el hermano supervisor se descuidaba, se transformó en un pillo para el pool, enfrascándose en duelos muy disputados que le hacían ganar mucho dinero y llegar de amanecida a la casa.
Los años setenta, eran propicios para eso. La libertad comunista que defendía en discusiones con su hermano derechista,  eran de largo aliento sin que ninguno diera el brazo a torcer, nerviosos ambos, terminaban ofuscados e incluso a coscorrones por decir lo adecuado, porque parece que el respeto no se lo faltaron, o al menos eso no me lo han contado.
Paul Anka o en español “polanca la burra blanca” era el apelativo con que lo identificaban sus amigos del barrio, del fútbol y del pool. Encargado del kiosco en la población tuvo que enfrentar su mayor desafío pugilístico, cuando un patudo “Cano” lo molestaba sentándose en el mesón en que atendía público y que no podía permitir fuera ocupado con otro fin. Vencedor, como todos, se ganó la parte del respeto que le correspondía en el barrio por su apellido.
Es distintivo en sus trabajos, el estar bajo la tutela de un hermano mayor. Se sabe que también bajo el mando del fallecido Alfredo, como capataz de los planes de empleo mínimo en épocas de crisis, haciendo zanjas por la orilla del camino a Puente Negro, o instalando gaviones de alambre y piedra en el río, hacían su aporte para evitar las inundaciones por el rebalse de canales, del “Antivero” o del “Tinguiririca”. Nada comparado al relajado y productivo trabajo que desempeñó con minuciosidad e inteligencia allá en Rancagua donde otro hermano mayor lo había llevado como empleado de confianza y con el que pudo crecer y consolidar su vida en lo económico y social. En esta época los destinos de vacaciones eran  La Serena o Dichato.
Austero en las finanzas, sus ahorros bien cuidados en los fondos mutuos, cuidando cada peso en su alcancía, imperativo con los hijos en la urgencia de acometer la compra de vivienda, racionado en los gastos de la casa, para que la Ruty como Picasso aprendiera a dibujar comidas, de repente nos sorprende cuando suelta el bolsillo y nos regala con buenos asados y lo que el visitante pida como atención en el supermercado. ¡Echele no más que hay saldo en la cuenta!, y la visa ni siquiera se ha ocupado. De estos exabruptos desprendidos,  dan cuenta también los sobrinos propios y sobrinos nietos que han estado saltando de alegría con algún evento de generosidad, con que el Mario nos regala.
Ya dedicado a los transportes colectivos, imponiendo también en ese gremio su estilo discursivo, se ha ganado el reconocimiento en esas comunidades por su capacidad para acometer nuevos desafíos y enfrentar los tiempos y trabajos con la responsabilidad y seriedad que lo caracteriza, especialmente en esta etapa de su vida, donde de vez en cuando nos sorprende con alguna llamada telefónica, en la segunda o tercera fase de su estado, para conversar la nostalgia de saber cómo estamos y desear tenerlos a la vista en 40 minutos, ahí presentes compartiendo el elaborado jotecito y el más apetecido choripán que antecede la surtida y más cara parrilla.
Temeroso con los pinchazos y todo lo que signifique algún posible sufrimiento físico, que a nadie se le ocurra ponerle una inyección por más que la Evelyn requiriera abundantes traseros y brazos, durante su práctica de enfermería, para achuntarle a la vena cava. Nada tampoco con las cocinas, los planchados y las decisiones mayores que siempre salva llamando: ¡Rutyyyyyyyyy!, a quien dice que la conoció un domingo, día de descanso para él.
Y siempre atentos a las nuevas adquisiciones y logros, de la casa y de la vida, que pasó por un zapatito roto, él nos va a mostrar en un show de títeres o en los cuentos con que a los niños va a encantar.



El entierro de “Pitico”.

“Pitico” era un quiltro sin valor alguno, ni por su porte ni por su estirpe. No era considerado en  ninguna competencia que llevara a un título, ni siquiera en la población. El único que le prodigaba un amor incondicional era su tenedor y amo, “Don Becerra”. Le llamo así,  porque yo al menos nunca supe su nombre de pila. El vecino que era de profesión  entre ebanista, pintor y albañil, tenía a ese perro como en el trono de los canes. Era su compañero, su paño de lágrimas, su escudero y su guía.
Cuando el Don, cerca de la casa venía con sus copetes; el perro encantador lo salía a esperar para endilgarle el camino a casa. Con ladridos suaves sin ánimo de amedrentar, “Pitico” celebraba el reencuentro con su amo y le hacía toda clase de contorsiones para devolverle el cariño que Don Becerra le prodigaba.
Y murió “Pitico”. No sé si era por el trago o por la pena, Don Becerra anunciaba que “Pitico” había “desafallecido”. Este sentimiento del amo se transmitió de igual forma a los que éramos parte de la comunidad en la Santa Elena, población.
Don Becerra, ya recibidas las condolencias de los vecinos que conocíamos a “Pitico”; de sus compañeros de parranda y de todo cuanto visitante de la población estuviera en esos días; decidió hacerle un funeral a todo mérito. Un entierro que dejara huellas, que fuera instalado entre los funerales más destacados del barrio y la ciudad. “Pitico”, no merecía menos, había entregado su vida en amorosa compañía a su amo y junto a una comunidad que le reconocía, no sólo sus valores perrunos, sino también su habilidad con la pelota y abnegada dedicación al protector y su familia.
Nadie dijo nada en contra de “Pitico”. Cuando la muerte viene, siempre aparecen los elogios y también las expresiones que señalan los defectos del fallecido y la convicción de que lo mejor que le podía pasar era morirse. En este caso no ocurrió así. Sea por respeto a Don Becerra o por cariño al animal, nadie se atrevió a decir de “Pitico” nada que no fuera distinciones y elogios.
Salimos de su casa con el féretro de “Pitico” en procesión. El camposanto decidido, era un lugar del río Antivero, donde descansaría eternamente. No enterrado, porque en el río aunque se busque no hay tierra, más bien empedrado o enarenado. Luego de avanzar por la Santa Gabriela y luego por un pasaje hasta el río, llegamos hasta el sepulcro preparado y luego de un responso muy sentido de Don Becerra el féretro descendió hasta el fondo que cubrimos con la arena más suave para la ocasión y unas piedras en forma de montículo para resalte del lugar.
Cuando se puso la última piedra, el llanto de Don Becerra contagió a todos los presentes que lloramos cual si hubiéremos perdido al ser más querido.
Precisiones hechas por el Jaime acerca de  La Muerte de Pitico
Nos encontrábamos jugando en el barrio, los hermanos piguelo, los guatita de pájaro, el deo` de bruja, el peluo, el chocha vieja, los pata e` catre y los pata e` mono, repentinamente alguien encontró muerto a Pitico… Pitico era el perro regalón y muy fiel amigo de nuestro vecino Becerra, a quien apodaban el “patita de pollo”.
Al bajarse patita de pollo de la micro, alguien corrió a darle la amarga noticia de que había muerto Pitico, como en otras ocasiones el venia con un poco de “copete”, de tal manera que nos pidió a los niños del barrio que lo acompañáramos en su dolor, disponiendo que pitico merecía un funeral. Por lo cual, tomamos el cuerpo de Pitico en un “gangocho”, saco de cáñamo que utilizaban para guardar papas. Lo entramos a  la casa de patita de pollo, donde él, pronunció algunas palabras frente a la virgen de Santa Rosa que tenía en el patio, alrededor habían bancas en donde nos sentamos todos los niños del barrio, escuchando con mucho respeto lo que decía. Se rezó un rosario, y además se destacaron todas las cualidades buenas que tenia pitico, enseguida se salió en cortejo hacia el rio en donde seria sepultado.
Cada uno de los que estábamos ahí, caminamos tras el cortejo con una vela encendida en la mano, y el gangocho transportado entre 4 con el cuerpo inherte de pitico. Tomamos la calle Santa Gabriela, y el cortejo se detuvo frente a la casa de los guatita de pájaros, en donde patita de pollo agradeció a esta familia lo bueno que habían sido con pitico. El cortejo continua con rezos y cantos, deteniéndose nuevamente frente a los carne de hueso, a quienes agradeció por tirarle un huesito a pitico, cuando caminaba solitario y hambriento frente a su casa, seguimos caminando, y al tomar el camino hacia el rio, el cortejo se encontró con el jote y el carne amarga; aclaro que el jote le buscaba los perros al carne amarga para comérselos. A estos el finao patita de pollo les agradeció que nunca se hubieran fijado en pitico para que les sirviera como carne para almuerzo. Así  a estas alturas el cortejo ya se dirigía directamente hacia las orillas del rio Antivero. Frente a la casa de Pedrito recortao, a quien el tren le había cortado sus dos piernas, nuevamente el cortejo se detiene, patita de pollo pronuncia algunas palabras, casi los últimos rezos… y el cortejo se dirigió 30 mts. Aprox. Hacia el rio, en donde quedaría sepultado… El momento era de mucho respeto y dolor patita de pollo pronuncia sus últimas palabras, dando las gracias a quienes lo habíamos acompañado, procediendo a sepultar a pitico. Es en ese momento de silencio y mucho dramatismo, cuando Mario, apodado “el polanca”, perteneciente al clan de los piguelos, lanzó un tremendo grito de adiós: “… ¡Te fuiste como los grandes pitico!…”.
Asi pasaron los años, después de haberse convertido en todo un acontecimiento la muerte y funeral de pitico, los amigos nos volvemos a encontrar ya de más de edad, preguntándonos cuantos años que no nos veíamos y recordamos que la ultima vez había sido en el funeral de pitico. Así, de esta forma la muerte de pitico había marcado un antes y un después en la vida de aquellos ya no tan niños que vivieron en la población Santa Elena.




Viajando a Calpún.

Ya entrado el nuevo año, en pleno verano, la madre nerviosa busca los recursos que le permitan realizar su viaje anual para ver a sus padres y hermanos. No necesita mucho, porque allá en el campo, la comida es abundante, hay buena cama y techo seguro. Sólo algunos pesos para los pasajes y algo para los engañitos que como de costumbre hay que llevar para no llegar con las manos vacías. Necesario también algún dinero para lo que se ofrezca durante la estadía. Hábida consideración de la garrafa de vino que habrá que comprar cada semana para los ponchecitos que la madre se tomará junto a los Tíos. Seguro me llevó cada año desde que era un bebé, pero mi memoria recuerda como el primer viaje, aquél que se realizaba cuando yo tenía entre diez y doce años.
Decidido el viaje, los preparativos comenzaban el día anterior. Se preparaba la gran maleta que contenía lo necesario en ropas para los tres viajeros y luego al día siguiente el equipaje se completaba con un bolsito adicional para la madre y cada niño. A las diez ya estábamos en la estación de San Fernando esperando el tren que debía llegar media hora después. A la madre no le gustaba andar de apuro. De hecho en Curicó debíamos esperar tres o más horas para encaramarnos a la micro de Don Willy que salía pasado las tres de la tarde hacia Curepto.  La espera no era tediosa, porque luego de asegurar los pasajes, nos íbamos a algún restaurant para almorzar o comprábamos los correspondientes sándwich y dulces en la estación que quedaba no más a una cuadra del lugar en que la micro se estacionaba.
Llegada la hora de abordar, el acomodador que conocíamos desde tantos viajes y que me parece era el propio Don Willy, nos ubicaba las maletas y ayudaba a mi madre a subir los peldaños de la micro, problema principal por su gordura y estatura pequeña, que siempre debía sortear con bastante esfuerzo. Ya sentada era un alivio para ella y nosotros porque de ahí no se movería más hasta llegar a destino. Al poco de salir se terminaba el camino pavimentado y comenzaba el largo y serpenteante camino de tierra y piedras por el que la ruidosa micro avanzaría en las próximas tres o más horas.
Rauco, Palquibudis, La Huerta, eran junto a las cuestas cuyos nombres no recuerdo los lugares que impresionaban cada uno por su causa. Rauco el lugar en que comenzábamos a comernos el cocaví. Palquibudis, el lugar en que la micro se llenaba de frutas y verduras que los pasajeros o comerciantes cargaban para consumo o para negocio en algún otro lugar. La Huerta, tiempo de reposo en que podíamos descender de la micro o comprar el pan amasado y las empanadas que se cocían ahí mismo en  horno de barro. La madre prefería no bajar, a la micro se subía más de un vendedor con su canasto de dulces y tortas que la abastecía, mientras a nosotros nos daba algún dinero para refrescos y helados que se vendían en la hostería.
Las cuestas eran el momento terrorífico del viaje, pues la micro se contorneaba hacia los barrancos que dan al río Mataquito, que como su nombre lo indica, es bravo para quitar vidas. Subiendo lentamente, no sabíamos si la micro tendría la fuerza necesaria para llegar a la cima con tanta carga. Luego el rápido descenso incrementaba el temor por esa especie de alza de presión que uno siente y que para la madre era de mayor preocupación.
Hualañé y Licantén eran las grandes ciudades donde se bajaba el mayor número de pasajeros y a pesar que subían otros, eran los lugares en que la micro se iba desocupando junto con la venida del atardecer. Por lo mismo la madre ya comenzaba a pensar el lugar de bajada, optando por alguna de entre las varias opciones que había para llegar desde Calpún al Culenar, pasando o no por la casa de alguno de los tíos y tías que vivían a la orilla del camino. Los Planchones, el Pajonalillo o La Capilla, eran las opciones cuando no nos bajábamos frente a la casa de alguna tía y por la hora nos encaminábamos directamente hacia la casa de los abuelos.
Parra llegar hasta allí, había que cruzar una cadena de cerros con más o menos pendiente, recorriendo el sendero que los lugareños habían trazado desde mucho antes, dejando espacios en los cercos para que pasara el transeúnte con holgura, claro sin pensar en la envergadura superior de mi madre que la obligaba a pasar arrastrándose bajo los alambres de púas cuando el espacio era muy estrecho. Cada camino tenía sus dificultades, así es que la elección se basaba en la última experiencia de la madre, que recordaba como más o menos complicado tal o cual camino. Yo prefería el de la Capilla, la pendiente para subir era menor. El recorrido por entre los cerros era extenso pero más bien plano. El paisaje al llegar a la cima observando la puesta de sol hacia la costa era de una belleza sublime. Los cercos tenían unas pisaderas que ayudaban para que la madre cruzara. Si bien la bajada era bien abrupta, allá frente a lo de Efraín, en el alto siempre aparecía el perro que advertía la llegada de mi madre a quien conocía desde siempre, haciendo que los de casa salieran a encontrarnos.
No faltaba la ocasión en que a ese lugar llegábamos a oscuras y la bajada se transformaba en un suplicio ante la posibilidad que la madre resbalara y cayera con su abultada humanidad. El temor a la oscuridad solo se superaba por la alegría de que a dos cuadras encontrábamos el hogar de los abuelos en que junto a la tía, el tío y alguna prima nos recibían alegres y acogedores. Mi mayor impresión al encuentro de la familia era el saludo protocolar, el abrazo cariñoso y el singular trato de “usted” con que mi madre se refería a sus hermanos.



Huelón

Habiendo yo nacido en San Fernando, era un asunto pendiente conocer la casa que mi padre había construido en Huelón para recibir a su mujer y descendencia. La ocasión se presentó un día a propósito de encontrarnos con mi hermano Darío en Calpún, en una de aquellas ocasiones en que salía con mi padre, luego de la trombosis que lo obligó a depender de los hijos y de lo que yo me ocupaba los días sábado y domingo, de acuerdo a la programación que habíamos hecho con las hermanas que lo atendían durante la semana.
Aquella vez el destino fue Calpún, viaje que le había propuesto muchas veces pero al que él se negaba reiteradamente, porque aún le quedaba algo de orgullo y no quería que sus cuñados lo vieran en ese estado de dependencia. Sin destino claro, me encaminé hacia el sur. Bien podía llegar sólo a Curicó y pasar el día en casa de Jaime, pero en el camino la propuesta de llegar hasta Calpún fue aceptada y nos encaminamos hacia esos lugares, almorzando en Hualañé y considerando a cada tramo la posibilidad de devolvernos.
Ya por la tarde, conversando historias del pasado y de esos lugares, el viaje se hizo entretenido y de repente nos encontramos superados por una camioneta blanca, luego de pasar el puente Lautaro, muy cerca de Calpún. Era Darío que con su familia tenía el mismo destino y que se sorprendía al encontrar a su padre por esos lugares. Desde ese momento el hombre se hizo cargo de nosotros y asumió que debía atendernos como era su costumbre y obligación. Llegamos a la casa de la Tía Luzmira anfitriona permanente de sus sobrinos que se alegró por cierto de ver y recibir también a su cuñado.
Darío preparado como siempre, organizó el asado que muy pronto estaba cocinando en compañía de los Márquez ya informados que por esos lugares se encontraba Don Wenche, como ellos llamaban a mi padre. La tertulia dio para rato, con esos Márquez no hay momento para el silencio. Tenemos con ellos afinidad de hermanos, la que se produce cuando hermanos se casan con hermanas, por ello también tenemos los mismos apellidos.
Durante el asado se planeó lo que se haría al día siguiente, dando por aprobada mi propuesta de llevar al padre para que viera los lugares en que se había criado y donde había instalado a su mujer para recibir a sus primeros hijos. El domingo con algo de resaca partimos hacia la quebrada de Huelón. Chundo, Tomás y Manuel, los primos Márquez, nos esperaban en el bajo, donde se inicia la subida hacia los cerros que conforman el caserío de Huelón. Siempre subiendo, por un camino lleno de curvas, arcilloso, sorteando esteros que lo cruzan a cada tramo, llegamos luego de unos veinte minutos a lo alto de una quebrada desde donde, abriéndose paso por un tupido bosque de pinos, se encontraba una planicie desde donde podíamos observar a unos doscientos metros las ruinas de la casa que construyó mi padre y las otras dos de sus hermanos Romilio y Segundo, herederos de lo que habían dejado sus padres Valentín y Ercira. No podíamos llegar hasta allá porque nos separaba una profunda quebrada por la que mi padre ahora no podía transitar como lo hiciera antes.
Los primos y mi hermano le indicaban el lugar en que se encontraba el pozo, los limonales, la huerta, la plantación de frutillas, el recorrido de las canaletas que había construido sin ninguna noción de hidráulica para transportar el agua que fluía de una vertiente natural arriba en la cima de la quebrada. Recordaban las historias y trabajos que debían realizar con sus hermanos para extraer alguna siembra de cebada, trigo, algo de porotos y maíz para tener ingresos. De sus peleas con Ciriaco Espina, vecino complicado que alegaba por los cercos. De las salidas con el Tío Segundo cuando se las dieron de maestros en la fragua y con una carreta llena de artefactos y herramientas se escapaban por semanas, ofreciendo toda clase de servicios de reparación en casas y pueblos sea por el camino de Curepto a Talca o el que hay por La Trinchera hacia Constitución, orillando la costa.
Mi padre les respondía con alguna anécdota como las que les ocurrían cuando viajaban a Talca o a Licantén con cinco carretas llenas de limones que Víctor Cáceres había comprado para revenderlas en Talca o en Curicó. De aquella vez en que perdidos en la noche irrumpieron en un campamento de gitanos, en busca de trago o algo para apagar la sed y donde por cierto no fueron bien recibidos y luego de algunas escaramuzas previas a la pelea, abandonaron el lugar, no sin las maldiciones de las gitanas que de prudencia no saben. Decía mi padre que por las noches en esos viajes se arrimaban a la orilla del camino  dormían apegados a los bueyes que les convidaban el calor que por falta de vino no podían prodigarse por sí mismos. A la intemperie, bajo la lluvia las mantas de castilla y los cueros de oveja curtidos, les servían de abrigo.
Recordaban también los diferentes animales que tenían para el trabajo o para crianza. Las ovejas, los pollos, las gallinas,  los bueyes y caballos que conformaban la pequeña “hacienda” a la que se accedía por “La puerta de los Márquez”, más abajo en la quebrada y que todavía se conoce con ese nombre. De las casas no quedan más que un par de murallas de adobe que han resistido el paso de los años, las lluvias y terremotos. Ya no hay techo y todo el lugar está rodeado de pinos que crecen algunos recién plantados y otros ya en estado de cosecha.
Mi padre asiente con monosílabos a los comentarios del hijo mayor y de los primos. Extasiados no advertimos que por sus mejillas se escurren lágrimas que sus ojos vidriosos y su mano inmóvil no pueden secar.




Cecilia.

Cecilia es una viejita que a la vista parece frágil, delgada y pequeña de estatura. Pero su apariencia es engañosa pues tiene una fortaleza a toda prueba, grande de corazón y sentimientos. Reflexiva y silenciosa cuando se trata de escuchar las vicisitudes de los que recurren a ella por algún consejo. Maestra de escuela por opción y vocación, respetada y valorada por sus pares, por los directivos de las escuelas en que ha trabajado, por sus alumnos y las comunidades que forman el entorno donde ha realizado su labor. Reconocida en San Fernando en donde como secretaría en la Dirección Provincial de Educación, nació su inquietud de ser profesora. Con seriedad y sacrificio sacó adelante sus estudios, financiando el costo con su propio trabajo. El trabajo que luego de egresar de la educación media, comenzó a realizar sin interrupciones hasta hoy. Ya casi cumpliendo 40 años de servicios a la educación y próxima a jubilar como se merece.
Responsable intelectual de mis afanes por estudiar pedagogía, su ejemplo, el reconocimiento que tenía en esta profesión y el respeto que le prodigaban sus alumnos y colegas, observado y vivenciado en las comunidades de La Troya y Peñuelas, adonde la acompañaba en algún evento que terminaba ya de noche; hicieron que se prendiera en mi la vela que me alumbraría el camino que tomaría hacia el futuro.
Su delgadez, puede en algo deberse al ejercicio que hacía en los cuatro viajes diarios que realizaba desde la casa en la Población Santa Elena, hasta el centro o su trabajo. En una extraña bicicleta que parece que la hicieron sólo para ella, nueva de fábrica por cierto, pero cuyo modelo no he visto más; se desplazaba suave en la ida, pero haciendo gran esfuerzo en el regreso, pues no es menor la pendiente del camino hacia el barrio alto.
Ya en la infancia la vemos abnegada y creyente, haciendo su primera comunión en la época que también obligadamente según el plan materno, la casa en la Santa Elena, requería de sus afanes y trabajos. Nuestros traseros, me refiero al trasero de sus hermanos menores, necesitaban las mudas que la madre no podía entregar a tantos, y la cuna de sus brazos cuando el llanto y los caprichos nos venían. Los mayores, los que trabajaban fuera, tenían también derecho al aplanchado y lavado de ropa en la época en que se hacía con plancha de hierro a carbón y artesa de madera con escobilla de cerda.
Madre preocupada, abnegada y fiel esposa. Planificada y ágil en las labores. Organizada hasta el detalle en los eventos familiares y públicos que le corresponde encabezar. Casi siempre, porque así lo quiere y a pesar que también es dócil para hacer lo que le piden, liderar es la opción que más le viene. Claro que a veces le dan las manías por la limpieza y no hay quien la detenga echando cloro por todos lados a altas horas de la noche.
Dramáticos momentos vivimos todos con aquella extraña y fatal enfermedad que sufrió por varios meses, misma época en que esperaba a su primogénito. Bien podía ella haberse entregado y a esta hora estar gozando allá en la eternidad. Pero no fue así, otra muestra de su fortaleza, nos daba haciendo los ejercicios que un acertado diagnóstico y adecuada medicación la hicieron revivir para entregarnos su compañía por muchos años más.
Eficiente en los trámites, su personalidad le permite llegar más allá del punto en que el normal se queda asumiendo la derrota, cuando en las oficinas le dicen no o hasta aquí no más llegamos. Ella tiene claro el siguiente paso y esto le permite allanar el camino a los que buscan alguna solución para sus demandas. Su presencia y asistencia en tiempos de enfermedad superan las expectativas de quienes la requieren.
Grata compañía, entonada en los cantos especialmente los del folclor que su esposo cultiva y acompaña en la guitarra. La primera en ponerse con la cuota para los asados familiares, siempre que sean planificados y sin excesos de alcohol, líquido que con prudencia sólo bebía acompañado con limón y azúcar  en forma de pisco sour, antes de que le pasara la cuenta.
Ahora más lejana, entregada a los suyos, especialmente a sus nietos a quienes cuida y protege como a sus hijos o más, la vemos con menor frecuencia pero estamos atentos al llamado que cuando se le pasa el tiempo o por alguna situación que lo amerite, nos entrega en forma de saludo y amoroso parabién.



Jaime.

Éramos tres los que collereábamos en las peleas infantiles cuando forcejeábamos o nos dábamos con las almohadas en la pieza que compartíamos. Los dos menores nos uníamos para hacerte más difícil dominarnos con alguna llave de judo y al final siempre la madre castigándote por ser el responsable mayor.
Ya en la adolescencia sabíamos de tu importancia porque como guardia nocturno en la segunda compañía de bomberos, tenías el poder de convocar a más de 40 voluntarios que acudían al llamado que les hacías presionando el timbre de la alarma y luego el ulular de la sirena a media noche para concurrir al siniestro. Sólo en ese lugar, los salones, espacios y materiales que debías resguardar, en la noche se transformaban en lúgubres espacios que a cualquiera espantarían.
El Ejército de Chile supo de tu valor y de tu estilo en el sky. El Regimiento “Lautaro” de tu disposición para hacer el servicio que bien podías haber esquivado. Nosotros de las consecuencias que la conscripción, difícil y extenso proceso, ocasiona en el voluntario, pues observamos las llagas de tus manos, de tus labios y en tu cara, luego de varios días de operativos en la nieve. La madre y tus hermanas de lo que significa lavar el saco de ropa e implementos con el que llegabas luego de la campaña.
Tu larga permanencia en Rancagua compartiendo el esfuerzo por montar alguna empresa a las órdenes de un hermano mayor, exigente e incansable con los pollos y los cueros; dan testimonio de tu disposición al trabajo que no respeta horarios, cuando hay algo que hacer. De tu honestidad, dedicación y fortaleza para cuando el cansancio y el trasnoche te llegaban en medio de las obligaciones.
El cariño de esos niños de la casa, seguro fue más valioso que la paga, porque siempre estabas ahí para jugar, solucionar sus problemas, atender a sus caprichos, ayudarles en una tarea y transformarles el mundo del hogar y el colegio, en que a veces los padres están ausentes porque tienen demasiadas obligaciones o mucha concentración en el progreso.
Mi defensor en conatos de pelea o agresiones, a las que te anticipabas dando el primer golpe, porque era prioridad cuidar al hermano menor que requería protección, reducido en capacidades pugilísticas y más aficionado a las palabras y reflexiones que por supuesto los contrincantes no entendían o no tenían tiempo de comprender porque los tumbabas antes que sacaran las conclusiones.
Aventurero y loco en las diferentes dimensiones de la vida que estando soltero eran sólo de tu responsabilidad. Ya casado y enfrentando el cambio de rumbo en el trabajo que de la dependencia pasa a la independencia, con las ventajas y desventajas que ello conlleva; el reposo obligado y la reflexión se ha instalado en tu personalidad, dejando de lado la impulsividad y la aventura.
A esta edad, cuando leas estas líneas recordarás que durante una especie de retiro espiritual, meditando acerca de la importancia de la familia y esos temas, alguna vez recibiste una misiva que formó parte de esa instancia de reflexión en la cual ya te anunciaba la importancia de tu presencia en mi vida y de los valores que observo en la tuya.
Generosidad y apoyo a la familia, padre completo, claro respetando las diferentes perspectivas de los hijos la esposa y los externos. Desprendido y a veces en exceso con amigos, hermanos y familiares, en aquellos tiempos en que la abundancia lo permitía. Abatido y carente en otra, pero con alma y fortaleza suficiente para enfrentar las dificultades, buscando la espiritualidad y eliminando los vicios como ayuda para combatirlas.
Tu personalidad es especial un loco, un tipo paciente, ejemplo en lo que se refiere al trabajo y esfuerzo. La vida te ha presentado dificultades que has enfrentado con mucha perseverancia, por eso mi admiración que dedico también a tus hijas e hijo que se han formado bajo el legado espiritual que junto a tu esposa les han entregado.
Haz sabido dejar atrás las tomateras, las tropelías y las frustraciones. El camino por el que transitas ahora es un paseo, de convivencia y permanencia en la mente y el corazón de quienes te quieren y te admiran. Si no son muchas las ocasiones para verte y compartir, están estos escritos que dan testimonio de cariño, hermandad, gratitud y reconocimiento.



El jinete franco.

Ya en más de una ocasión hemos relatado historias que hablan de jinetes y cabalgaduras, por allá en el campo en las tierras de Curepto. Pero no se ha rendido suficiente tributo al más grande de los jinetes. El jinete franco.
Diez años invicto. Su porte y su físico privilegiado para estas labores, lo hacían el más cotizado de los jinetes, que allá en el campo se reclutaban para las periódicas carreras que se formaban en uno y otro lugar. Nadie le ganaba, ni con las buenas ni con las malas artes. Muchas veces lo trataron de voltear, sea cruzándole el animal, sea encargándole el indomable, o sea tirándole uno que otro golpe de codo o patadas, en las costillas, las verijas o directamente a la cara para que perdiera el equilibrio y cayera antes de finalizar la carrera.
No tenía sueldo. Si las carreras se hubieran hecho en estos tiempos sería rico millonario. Nada más el reconocimiento, alguna considerable propina de acuerdo a la envergadura de las apuestas y por cierto, chuicas de vino dispuestas a su orden, para conversar los detalles de la carrera con cuantos le avivaban la cueca.
Tanto vino no era posible de consumir en un día. Había que continuar la mañana siguiente, la tarde de ese día y todo el desarrollo de los dos próximos días. De manera que cuando llegaba el viernes, día de la próxima carrera, el hombre estaba en plena algarabía, tostado por el color ocre del tinto y con una resaca sobrevivida a causa de las cazuelas y los asados que seguían a la celebración y que estaban financiados por los patrones que pagarían cualquier cifra por contar con este jinete para la próxima carrera.
Licantén, la Huerta, Hualané, Placilla, Calpún, Huelón, La Orilla, y todos los pequeños pueblos de esa comuna, supieron de la calidad y arrogancia de este jinete. Muchas de sus carreras eran consideradas imposible de ganar, pero con él siempre era dable la sorpresa. Aun cuando en algunos casos había algo de arreglo, la cuestión no estaba decidida sino hasta que cruzaba la línea de meta, que era su afán principal.
Se había ganado gran reconocimiento y muchos amigos. Pero también había gente que perdió terrenos, animales y mucho dinero a causa suya. Había también un harem de mujeres que lo esperaban escasas de ropa, dispuestas a compartir con él la algarabía del triunfo y los detalles de la carrera que animaban, esta otra cabalgata, que debía dar para cumplir con las damas y a su altura.
Aquella carrera que pudo ser la última, fue preparada minuciosamente por los contrincantes, dos acaudalados patrones que pusieron sus fichas en uno u otro de los dos jinetes que se enfrentaban. Saliendo de una resaca lo fueron a buscar para que se hiciera cargo del animal del patrón con menos recursos, pero con más ganas de ganar. Se negó porque conocía las características de los animales en discordia y éste le parecía que no estaba a su altura. La visita se repitió, pero esta vez por el otro patrón que ofrecía la gloria en ganancias y festejos. Se negó también, esta vez por darse un poco de ínfulas para incrementar sus bonos. Aconsejado por su hermano, finalmente salió a la cancha y negoció su oficio con el que más ofreció. Y precisamente era el contrario de aquél que había optado por un jinete considerado su enemigo público número uno. Se tenían rabia estos jinetes uno por bocón y arrogante, el otro por traicionero y mala leche.
La carrera tuvo el inevitable y acostumbrado final. Jinete franco por un cuerpo, a pesar de todos los intentos de botarlo que hizo el contrario y de todas las maniobras que con el juez intentaron hacer los perdedores. El dinero en disputa fue de tal envergadura que los infortunados juraron vengarse antes de entregar sus bienes.
Y así fue. La ocasión se presentó en la misma noche cuando franco jinete se encontraba en remolienda casa de las niñas que lo idolatraban, pero que esta vez habían sucumbido a la tremenda propina que habían recibido para desairar al jinete triunfador. En medio de la discordia que una de ellas comenzó, aparecieron los concertados del perdedor y comenzaron a darle feroz discurso de combos y patadas al jinete que francamente no dio con ninguno de los golpes con que intentaba defenderse.
Todo auguraba cementerio u hospital para el jinete, hasta que se presenta su hermano corpulento y de mano firme, junto al patrón de más recursos, que rápidamente intervinieron la golpiza poniendo a dormir al par más cercano de los pulsadores contratados. Y rápidamente eliminados los contrincantes, las mujeres recuperaron la ternura y vamos celebrando que para eso el jinete, con más vidas que un gato, seguirá triunfando en esta y otras carreras.




Las candelillas.

En el principio de los tiempos no había caminos. Se fueron formando con el paso de hombres,  mujeres y animales que desplazaban la maleza y sus semillas impidiendo que crecieran en la siguiente primavera. Luego vino la rueda, las carretas y los vehículos que fueron ensanchando los senderos para transformarlos en caminos. Y luego fue necesario aplanarlos, rasgando los cerros para eliminar las pendientes muy fuertes y rellenando los bajos muy profundos, dejando que por ahí escurran las aguas con tubos o estructuras de drenaje elaboradas  con madera.
El trabajo en los caminos  se hacía principalmente con la fuerza del hombre y sus animales. Algunas herramientas facilitaban la obra. El insumo principal estaba ahí, tierra y piedra que de un lugar debía sacarse para depositarlo en otro.
Para hacer el camino de Calpún a Curepto, según me han contado, se reunieron cuadrillas de hombres venidos de diferentes lugares, tanto de los alrededores como de ciudades más lejanas. La paga era mejor en comparación con la que se recibía realizando labores agrícolas. Entre el Mataquito y los cerros que lo bordean, se hizo el trazado respetando la geometría de las propiedades y la naturaleza del terreno.
No lejos de la obra, el campamento en que se preparaba la merienda para los trabajadores, se construía previamente, considerando alojamiento para los que venían de más lejos. En la noche alrededor de una fogata, se reunían para jugar a las cartas, beber algo para el frío y conversar la amistad que florecía lentamente para los más tímidos y con celeridad para los fanfarrones.
Y es del caso que la convivencia normalmente tranquila, a veces se rompía abruptamente en un grupo por causa de los excesos con el copete o por la irritabilidad de aquellos gustosos de la vida más tranquila. Y es también comentado que alguna disputa se resolvió a golpes, a mano limpia o con lo que hubiere disponible para atacar o defenderse. El infaltable cuchillo personal se sacaba rápidamente a relucir para amedrentar al contrario que usualmente abandonaba el terreno. Pero también había ocasiones en que el enfrentamiento era inevitable y alguno de los contendores terminaba reposando para siempre oculto en alguna fosa  excavada rápidamente en la penumbra para que no quedara huella.
Así como llegaban los trabajadores, así también desaparecían, sin que más nadie preguntara por ellos, dado que tampoco nadie requería información de su procedencia. Así pues quedaron sus almas en el camino buscando justicia o clamando por al menos que sus familias supieran de su suerte para sellar la llaga que deja en ellos el no saber qué fue de su pariente.
Y hasta hoy esas almas se observan en forma de lucecitas cuando a falta de luna, alumbran y acompañan el camino de quien transita por esos lugares.  Les llaman candelillas.



La confesión.

He pecado, padre;… le dijo.
Había llegado a la cima del cerro al que la gente acude cada 8 de diciembre para visitar a la virgen, pagar sus mandas, participar de la misa y cumplir con el sacramento de la confesión al menos una vez al año.
Indeciso, se paseaba de un lugar a otro observando y disimulando su perturbación por tener que enfrentar la confesión que avergonzaba su espíritu, pero que resultaba inevitable transferir a este buen hombre bajo el precepto que es Dios el que la escucha y la perdona. La decisión la tomó al observar cuánta gente acudía a comulgar y él no podía porque respetaba la condición de estar confesado para poder hacer la comunión.
Había subido el cerro a paso cansino, murmurando y meditando en los misterios del rosario que se sugerían para los diferentes días, en unas placas puestas para reflexionar las estaciones ubicadas a la orilla del camino, cada cierto tramo. Los dedos de las manos le servían de cuentas, encogiendo uno por cada ave maría y luego de diez, el correspondiente padre nuestro. Como le era absolutamente necesario descansar a pequeños tramos, antes de llegar a la siguiente estación le sobraba tiempo para rezar otros cuantos “ave marías” y matizar el rezo con algún himno de los que se cantan en la iglesia.
Había superado el interminable tránsito por el camino atiborrado de gente y locales comerciales improvisados y ubicados por hasta tres kilómetros antes de llegar al santuario. Negocios que vendían toda clase de productos, trasformando el evento religioso en un colosal consumismo obligado por las inclementes peticiones de los niños y las faltas que hace evidente la propaganda indiscriminada. El infernal calor con el que el sol bañaba de transpiración los cuerpos y ropas de los peregrinos, se había instalado a media mañana y no daba tregua. Solo la sombra de los árboles que milagrosamente crecen en el cerro, daba un poco de alivio al sacrificio realizado con fervor.
Había superado también los empellones y los lanzazos de las ratas que aprovechan la ocasión para extraer de los bolsillos el dinero, de los cuellos las cadenas, de las orejas los aros y de las muñecas las pulseras. Y todo lo que fuera de valor que el descuidado pecador o descuidada  romera perdían en aquel tránsito. Caminata que una vez en el cerro se transformaba en suplicio para los que la hacían descalzos soportando las clavadas del maicillo y pequeñas piedras que se incrustaban en sus talones en el quemante suelo.
El cura estaba al aire libre sentado en una silla a media falda del cerro con su estola puesta y algún libro de misa en sus manos, así es que era pensable que estaba dispuesto a recibir confesiones. A diferencia de los otros curas que permanecían en confesionarios más elaborados ubicados bajo las escalas y en diferentes lugares del cerro cuya característica principal era que confesor y confesante no se veían las caras y se comunicaban a través de una rejilla de madera.
¿Y quién no?, respondió el padre.
Sorprendido el pecador con aquella inusitada respuesta, reparó en la diferente reacción de este cura, que no demostraba avidez en conocer los detalles del pecado, que en otros son tan característicos y que incluso repasan en un listado que va desde los más graves a los de menor cuantía para que el confesante responda sí o no, los ha cometido.
¿Te arrepientes?, preguntó el cura.
Nuevo y sorprendente diálogo, pues sin haberse dicho pecado alguno, el confesor manifestaba con suprema humildad lo relevante de la confesión. ¿Has hecho algo para reparar el daño causado?. Si padre.
Sentados uno frente a otro, mirándose a los ojos, la confesión se trasformó en un diálogo entre dos amigos, cada uno en su posición, cumpliendo su destino y comprendiendo la humanidad del otro. Ambos pecadores por excelencia pero que también tienen la oportunidad de enmendar rumbo.



Ximena.

He postergado tu historia, porque no quería que mis palabras estuvieran influenciadas por la situación actual. Pero lo que se quiere no siempre se puede. La madre estaba feliz porque veía incrementada la proporción de mujeres en la familia. Asunto importante para ella porque requería ayuda con tanto lavado, aplanchado y aseos que en una casa con doce hijos se debe realizar.
Yo el más triste porque veía mi trono de regalón  amenazado y a mi madre desaparecida por algunos días allá en la población. En un montón de arena fuera de la casa me puse a esperar a que llegara del hospital, donde la habían llevado para tenerte. Una pajarita venía en brazos de la madre, chillona como todos los bebés, cantora entonada, augurando su futuro.
La más regalona creció sana y fuerte luego de que bajara aquel extraño huevo en la cabeza que mantuvo preocupado hasta al papá. Aun cuando las vitaminas a los padres ya viejos escaseaban, eras la más bonita de las creaciones Márquez Rivera. Buena presencia, buen porte y físico privilegiado. Seguro arrimó más de algún palomo en busca de hacer nido contigo. Anticipada tal vez encontraste compañero para salvarte de los quehaceres que en la casa no eran menos, culpa del padre que se le ocurrió hacer el piso de todas las piezas con madera y culpa de tanto hermano mayor que vivían su vida sin saber que sus ropas se lavaban y sus camas se hacían con sábanas limpias cada cierto tiempo.
La madre rompió en cólera cuando supo que había semilla creciendo en tu vientre. Se fue rápidamente a Calpún para contar y recibir consejo. Volvió aplacada a tu casa donde vivías casada sin los protocolos que las creencias de la madre exigían. Traía chales y pañales y se abrazaban cariñosamente. No somos llorones los Márquez, si no pregúntenle a Jorge, a Darío  o al Mario, pero esa escena que yo presencié allá en la calle Manso de Velasco, donde tu esposo reparaba neumáticos, fue para mi inolvidable.
La vida de esposa y madre no es fácil, sobre todo cuando se comienza anticipadamente sin el respaldo que da el estudio o el trabajo. Pero tu abnegada pasión por los niños, ese Pablito y ese Eduardo, convirtieron tu vida en un jardín de niños al que te dedicabas con esmero y con amor.
Distante de los mayores, cercana a los del medio y compinche con los menores, fuiste la que más fácilmente expresaba lo que sentía, sin amedrentarse por las diferencias de edades o situación económica, habías aprendido a responder.
Lo que más deseabas era amar, ser amada era la condición. Hacer el trabajo más difícil, ese que no da recompensas, recaudar fondos para el hogar de Cristo, fue el mejor y único trabajo, a excepción del que hacías en casa, que te hizo conocer la otra parte de la vida y que ahorrando resultó ser el financiamiento para que tu regalón estudiara en la universidad, cuando el músico y cantante no entendía el significado de English Teacher Profession.
Cuanto orgullo pudieras tener, si tu mente se pusiera clara por un rato, y te dieras cuenta de lo que hiciste. Cuanta satisfacción de sentir que lo vivido valió la pena y te dio un lugar junto a Dios. Tu padre al que bañabas y alimentabas, al que entendías cuando difariaba y al quería irse porque en su casa era más fuerte como tú y como todos, espera junto a la madre que perdona, que tengas más días para cocinar, más tiempo para lavar y muchas horas más para bailar como lo hacías con tus hermanos que no entienden cómo la más chora, la pécora, está ahora discutiendo con las nubes y conversando con la hermana, la pollita que te dejó sola lidiando con la vida.



Te recuerdo Isilda.

Con esta frase acomodada de Víctor Jara, quiero decir te recuerdo madre. Recuerdo la noche previa a tu partida, mientras todo Chile se preparaba para celebrar las fiestas patrias, en tu casa junto a tu cama, estábamos velando el sueño al que te habías entregado. Ya son 27 años y en este día al amanecer te acercabas por fin a Dios.
Este año cumplirías 90 una buena edad para todavía liderar los procesos de esta numerosa familia que construiste. Allá donde estás seguramente sabes las noticias de estos años. La partida de tu hija Eugenia, de tu esposo el abuelo José y la enfermedad de la otra Isilda, la Ximena. Sabes también de los nacimientos de una buena cantidad de tus nietos que no te conocieron y al ver tu retrato y las historias que de ti les contamos, hubieran deseado abrazarte. Y ellos te han dado bisnietos. El Jorge ya lleva 7, el Mario le sigue con 4, La Cecilia y yo aportamos con tres, me parece que tres también son los de Alfredo. Ya se sabe también que yo voy por el cuarto. Flojos los hijos de Darío, la Eugenia, el Jaime y la Ximena que todavía no aportan. De la Gladys en este último tiempo no hay noticias pero al año pasado se sabía que había al menos dos.
Te habrás encontrado también con tus hermanos, los tíos,  Tala, Maximiliano, Mercedes y Estefanía. Con tus sobrinos Alberto, Miriam, Ruby, Tomás y Manuel. Díganme si olvido a otro u otra pariente. Juntos velando por los que aquí quedamos.
Recuerdo madre tu sonrisa y también ese gesto con que nos hacías ver tu enojo. Recuerdo las tiradas de pelo y los coscorrones, seguro que en algo debe haber influido para que algunos de nosotros tengamos tan poco pelo. No quiero creer que éramos los más porfiados. Recuerdo el abrazo y el beso cariñoso que dabas a los idos que te visitaban y los besos que yo me perdí por bruto, porque ahí andaba creyéndome el sabio independiente que no necesita de estas cosas.
Recuerdo madre nuestros viajes al campo. Esos que ya he relatado suficientemente como muestra de gratitud y homenaje, a esos lugares, la gente que nos recibía y acogía en plena etapa de formación. Recuerdo tus frases célebres, “donde no caben mis hijos…”, “si te vas a ir mañana…”, "mientras haya comeremos", "no lloren, hagan fiesta cuando me muera”, quien iba a saber que justamente te ibas despedir un 18 de septiembre, cuando la fiesta es inevitable.
En estos días habrá algunos que participarán de las misas en tu nombre, otros rezarán el rosario recordándote, algunos te visitarán en el cementerio, te llevarán flores. Tus amigos y amigas de la Corte del Carmen, los de la Capilla Sta. Teresita de Jesús, alguna gente del barrio y las compañeras del Centro de Madres de la Cardenal Caro y de la Emergencia, las que quedan vivas, registrarán tu nombre en las peticiones, junto a las tantas que hoy ya no están.
Debes saber madre que ya no nos reunimos, los hermanos como antes, ni para estas fiestas ni para otras, salvo algún encuentro de dos o tres, auspiciado por algún nostálgico o paseandero que llega sin aviso a conversar de antaño. Somos tantos y los espacios se hacen pequeños, por encontrar alguna excusa. Hay en nuestra familia una variedad de personalidades y mentes que caminan por senderos irreconciliables como los del Colo y la Chile o como los del sí y el no. Tal vez sea esa la mayor razón para echarte de menos. Tú eras el pilar que nos reunía, la miel que nos atraía y el lazo que nos ataba. Eras la autoridad incuestionable y el respaldo para todos.
Claro que ya en esos tiempos tanta persona integrada, tanto amor repartido y tanta búsqueda de hacer nido, te hacía cada cierto tiempo ocultar la libreta de matrimonio o buscar consejo en los padres carmelitas para enfrentar el inevitable alejamiento de aquel o aquella que construía nuevo hogar y comenzaba el duro proceso de adquisiciones para satisfacer las necesidades del núcleo primario.
Con José, no dejaste mucha herencia en recursos financieros o materiales a los que pudiéramos recurrir. Nos diste pura fortaleza para el trabajo y los mejores valores para alimentar el espíritu y sobrevivir en estos tiempos. No puedo olvidar las prietas, las longanizas y el arrollado, la chanfaina y el catete, que preparabas como el mejor chef cuando en estas fiestas se mataba el cordero o el chancho. Como olvidar las cazuelas y las humitas. Lo dulce no era tu oficio, pero el pan amasado y las empanadas, las sopaipillas y la tortilla de rescoldo, el pan dulce con huevo y los postres de leche eran incomparables. He tratado de copiar tus recetas pero nunca he logrado el sabor de tu mano.
Madre mía y de tantos, imposible olvidarte aunque a veces nos perdamos. Amor eterno como dice Juan Gabriel, perdón por la ausencia y la ingratitud.

En estos ocho años transcurridos desde que escribí lo anterior debemos lamentar y tu celebrar el encuentro con tus hijos queridos Darío y Mario y tus hermanos Emilia, Mercedes, Onofre y Elba. El inexorable paso del tiempo nos encuentra aferrados a la vida percibiendo por las dificultades en la salud que nos encontraremos pronto y sabremos la verdad acerca de la fe que nos inculcaste; resurrección y vida eterna, bajo tu protección que por cierto siempre percibo.


Cueca de los Márquez

Ay Isilda conozco
Mucho a los Márquez
Andan en avión
Como los Vásquez

A los Márquez le gusta
tintito el vino
Si es más larga la fonda
Un jotecito.

Un jotecito ay si
Bien conversao
Aunque a veces se acuerden
de los pasaos.

Hagamos la colecta
ponerse con la cuota
el rastrojo de papa
o el de cebolla.

Márquez Rivera José
Ya se nos fue.



Combo, patá y gargajo.

En una entrevista que hacían al Tío Lalo Parra, luego de contar su vida, sus pobrezas y sus orígenes en la música,  la influencia del padre que fallece siendo él muy niño y de cómo junto a sus hermanos y a la inolvidable Violeta, salieron adelante, cantando por monedas en los mercados; el Tío Lalo refiriéndose a la violencia que se observa en estos días, dijo que antes las peleas eran sólo a combos, patadas y “gargajos”.

Esta última y horrible palabra que el profesor Banderas referiría como esputo o escupitajo, me hizo recordar que efectivamente esos encuentros pugilísticos se hacían tal vez por las mismas razones o con similares intenciones que las que ocurren hoy, sin embargo parece que la odiosidad se ha incrementado y especialmente el uso de armas sea blancas, negras, de fuego, de madera o de fierro es hoy en día su principal característica, junto al descontrol de los pugilistas que no soportan terminar la pelea asumiendo la derrota.

El ruedo convocaba a los espectadores que de a pares comentaban que esa pelea se veía venir, que era inevitable. Esos dos se tienen ganas y es bueno que arreglen de una vez por todas el problema, decían también los convocados. No faltaba el juez, moderador o comisario que hacía alguna raya en el suelo señalando el hospital o el cementerio como el lugar de destino que el contendiente prefería. Esto como un ceremonial necesario y previo para dar solemnidad y seriedad al encuentro.

Y luego vamos a los combos que lanzados con estilo por el más técnico, se perdían en el aire por una buena esquivada del rival o daban en el blanco preferido que era la nariz o la boca del contrario, órganos sensibles por los que inmediatamente brotaba sangre y se hinchaban de proporciones, lo que muchas veces era causa suficiente para detener la pelea y dar por ganador al que había acertado. La imagen del machucado era evidente señal de haber perdido la contienda, pero también le daba el reconocimiento de la comunidad a su hidalguía y por cierto permitía que la controversia terminara, de manera que no quedaban asuntos pendientes entre los otrora rivales a los que luego se les veía conversar como si nada.

Otra opción de ataque era la patada que se empleaba en casos extremos y que generalmente indicaba un mayor nivel de rabia en los contrincantes. El destino preferido de un puntapié eran los testículos, porque de acertar era claro que el contendor no volvería por más. Ahí quedaría semi agachado y con un dolor inconmensurable por mucho tiempo. Claro que está estrategia era peligrosa porque si el destinatario estaba atento a tomar el pie que se venía, con un leve movimiento dejaba al pateador en total desequilibrio y lo más probable, humillado y caído en el suelo con serias posibilidades de recibir una andanada de su propia medicina.

Pero quien haya enviado o recibido un gargajo, escupitajo o pollo, estará de acuerdo conmigo en que esta arma de defensa y ataque era la más efectiva si el objetivo era la humillación del rival. La técnica era muy simple, acumular gran cantidad de saliva en la boca mediante movimientos de lengua, paladares y quijadas y enviarla con la mayor exhalación de aire posible directa y preferentemente a la cara de contrincante. Demostrando así el mayor desprecio por él  y la mayor ofensa para que el desquiciado contendor perdiera toda compostura y se lanzara a enviar aletazos por doquier, descuidando la defensa por donde fácilmente entraba el combo ganador.

Y si no saben mucho de esto, o la historia les ha parecido horrible, pregúntenle al Jaime y al Darío que por demás se sabe, eran los más peleadores de la familia, o que lo nieguen.




La espina dorsal.

Ingresó por la yema del dedo mayor en la mano derecha, rosando la falange. Originada en los crateus de la casa a la que había concurrido por la mañana del sábado para podar esos arbustos que habían proliferado sin control y que habían transformado el patio en una impresionante selva.

El jotecito, combustible necesario para abordar estas y otras tareas con el impulso que la ocasión amerita, fue como anestesia para que el pinchaso no se sintiera y como lubricante para que la espina avanzara suavemente sin encontrar resistencia.

Ingresó toda completa, como la lanceta de una avispa. Negra y firme por la sequedad, traspasó todas las barreras que el dedo le opuso. Cuero y musculatura, no fueron capaces de detener su avance. Un centímetro al menos de espina de crateus era ahora parte de su cuerpo, como implantes de titanio se incorporó a su estructura.

El dolor comenzó ya por la noche. Una incesante punzada soportable, que se transformaba en suplicio cuando sus mujeres, aplicaban maniobras de apreté y escarbadas de aguja para intentar sacarla. “Ayayaicito” decía como el padre aguantando el sufrimiento con la anestesia de jotes que todavía hacían efecto. Pero como ninguna de estas operaciones tenía éxito, finalmente se entregó al sueño con la espina incólume en su dedo. Resultado, la espina más bien se había incrustado un par de milímetros más.

Al día siguiente se encontraba observando unas domaduras en pueblo rural cercano, cuando coincidentemente a su lado supo que se codeaba con el mismísimo paramédico de la posta al que no dudó en mostrar y hacer partícipe del problema con la espina. Fiel a su vocación el profesional aconsejó que primero se bebiera unas cervezas y luego a falta de implementos, aplicaría sus conocimientos y disposición para intentar sacar la espina, haciendo una pequeña incisión con la afilada cortapluma facilitada por el baqueano que le acompañaba. “Ayayay” suspiraba, guardándose los improperios porque allí no podía dar señales de debilidad, más encima considerando el lugar en que se encontraba, las graderías de la media luna atiborrada de huasos y sacrificados campesinos.

Nada, ni cervezas, ni paramédico lograron que la improvisada cirugía tuviera éxito. Así debió ir al trabajo el lunes y pasar la semana con la intrusa espina en su cuerpo, recordándole periódicamente que estaba allí, al menor roce del dedo con sus objetos cotidianos. Al sábado siguiente, consideró que era necesario recurrir a los sistemas de salud. Como no era una urgencia de hospital, concurrió hasta el consultorio oriente, que si bien estaba cerrado, era atendido por un argentino paramédico que tenía allí su habitación, y que gentilmente accedió a tomar el procedimiento en sus horas de descanso.

No había ni estaba autorizado el paramédico para usar anestesia. Solo su pachorra típica de argentino avivó al paciente para demostrar que un chileno no arruga. Con bisturí y agujas hipodérmicas el profesional escarbó el contorno de la espina y algo de su extremo extrajo luego de una extensa y dolorosa intervención. Pero el mismo buen hombre, comprendió que no podía continuar con la tortura, así es que aplicó desinfectantes, abundante gaza y con cinta adhesiva cubrió la herida. El prominente vendaje, al salir daba cuenta que el problema no era menor, por lo que ante sus mujeres, el hombre quedaba un poco mejor. Ya se había sembrado la idea que todo era alharaca propia de su apellido.

El consejo final del paramédico argentino, fue dejar pasar el tiempo y aguantar las punzadas, que el propio cuerpo con sus mecanismos de defensa, encapsularía la mentada espina y en definitiva la expulsaría cual indeseado visitante. Consejo que le pareció coherente con sus pocos conocimientos de biología y aceptable toda vez que no requería de sufrimientos mayores.

Y así fue por cerca de tres meses. Al primero, la espina ya no se sentía, una bola gelatinosa la cubría. Al segundo apareció un orificio, como la corona de un volcán. Al tercero, la espina salió expulsada por el orificio como si nada. Era un centímetro de negra y húmeda madera. Dorsal porque de ella sólo se percibía su trasero.



El oficial maestro.

Transitaba con su familia desde su población a la vecina, acortando camino por el patio de una de las casas que aún no se habitaba y cuyo cerco de alambres había sido derribado por alguien que también requería esta pasada.

Un hombre mayor que parecía tomar medidas le habló diciendo que el paso se cerraría porque los dueños de la casa le habían encargado construir el muro que cerraría la propiedad. Y aprovechando la ocasión preguntó también si conocía a algún joven que quisiera desempeñarse como ayudante para la obra que iniciaba al día siguiente.

Sin más se ofreció el mismo como oficial dado que conocía el trabajo y no le vendría mal ganarse unos pesos durante esos días en que los escolares están con vacaciones de invierno. El pago se convino en tres mil pesos diarios y el trabajo consistía en construir el muro de ladrillos de dos metros cuarenta de altura considerando cimiento, sobre cimiento, ladrillos, cadenas y pilares.

A las ocho de la mañana del día siguiente se presentó a la obra. El viejo maestro se afeitaba en el patio y alabando su puntualidad le dijo que iría a una casa cercana donde tomaría desayuno y volvería luego. Mientras tanto le pedía que comenzara la excavación para el cimiento, considerando una profundidad de cincuenta centímetros y ancho el grosor de la pala. Luego él vería si era suficiente de acuerdo a la calidad del suelo. En todo caso volvería pronto.

El oficial comenzó su faena y llegado el medio día había completado la excavación sin que de maestro se supiera nada. Como su casa le quedaba cerca, nada más se fue a almorzar para volver luego como a las dos de la tarde. Ahí estaba el viejo maestro evaluando positivamente el avance y dadas las características del suelo no más había que hacer los pilares de fierro y luego llenar la zanja con mezcla y bolones. Respecto a los pilares indicó que serían de tres metros con cuatro barras para lo que había que hacer las horquillas y amarrarlas con alambre. Con tres pilares bastaría. Las horquillas debían hacerse con un aparato para doblar que había preparado en un banquillo. El maestro hizo la primera y luego dijo que debía atender un asunto en la misma casa donde también había contratado almuerzo. Se fue el maestro y volvió como a las cinco de la tarde, encontrando tres pilares armados y listos para ponerlos en los extremos y al centro del muro. Y como todavía quedaba luz no era malo aprovechar de hacer mezcla y llenar la zanja. Mientras él tomaba medidas pidió al oficial que revolviera seis carretillas de revuelto con tres sacos de cemento. Labor que el oficial completó rápidamente y luego vamos revolviendo con agua y trasladando en carretilla a la obra que el maestro completaba poniendo los bolones y los pilares verticales y alineados. Ya obscuro se terminó el cimiento.

A la mañana siguiente el maestro señaló las tablas y listones que se utilizarían para hacer los tableros que darían forma al sobre cimiento. Luego el maestro señalaba que iría a la misma casa volviendo luego. Al medio día nuevamente de maestro nada. Pero los tableros se encontraban instalados con sus patas de cabra para sujetarlos conforme el ancho del ladrillo y trozos de listones cada cierto tramo para darles firmeza. Luego del almuerzo aparecía el maestro sorprendido por la buena obra y sin encontrar inconvenientes pidió que se preparara la mezcla para llenar los tableros mientras él iba a la casa en que le daban almuerzo. Por la tarde volvía el maestro encontrando el sobre cimiento terminado.

En los tres días siguientes el oficial terminó el muro siguiendo las instrucciones del maestro que en la casa de la “Chela” encontraba satisfacción a sus necesidades corporales mientras se ejecutaba la obra. Al pagar los quince mil pesos convenidos, luego de alabar y ofrecer nuevos trabajos al joven oficial, preguntó el maestro ¿y a qué se dedica usted?.

¡Profesor de matemáticas!, le dijo el oficial, mientras se despedía.



El catador.

Las gruesas murallas de adobe no resistieron este nuevo movimiento telúrico aunque el país habituado a ellos tomaba medidas para que las construcciones del futuro no se vieran tan gravemente afectadas por estos accidentes de su geografía.

Los moradores no regresaron más y ahí quedó la vivienda derruida en el cruce de los caminos, donde se encontraba el sur, oriente y poniente. Sólo una pieza en la otrora gran casa, quedaba con sus muros en pie y su techo de tejas a salvo.

Ahí encontró el catador su morada. Rumbas de plástico, papeles y cartones eran su colchón. Ropa vieja sus frazadas. Y él permanecía acostado cual paciente de hospital, cuando guiado por mi amigo, fui a saludarle. Vestido con harapos lo encontré, cubierto con varias capas de los más diversos vestones y abrigos que la gente le traía y aquellos que él recaudaba o se tomaba en sus andanzas por el pueblo.

¿Cómo se llama usted?, pregunté. Un extenso bigote y frondosa barba negra, ocultaban sus labios. ¿Acaso usted no sabe?, respondió. Nadie en el lugar lo sabía, todos le conocían como “el catador” y todos sabían que alguna vez era el padre de una familia numerosa y que una bella esposa compartía su vida en una pequeña pero hermosa casa de otro lugar.

El trago, abundantemente producido en la viña en que trabajaba, fue mermando su aporte para mantener a su familia y degradando irremediablemente sus capacidades a cargo del más preciado oficio. De tanto probar y degustar, el vino se fue transformando como el agua, en el líquido más necesario para su existencia. Cubas con miles de litros del preciado producto, eran catadas permanentemente por él, para asegurar la calidad, requerida por el patrón y las ganancias que una buena cosecha implican para todos los trabajadores de la viña.

Y llegó el momento en que la sobriedad era un privilegio que no podía mantener. Le faltaban horas para recuperarse de la resaca que cada día desde el amanecer se apoderaba de su cuerpo, luego de beber con fines profesionales, el primer vaso que expulsaba al paladear, oler y observar con todos sus sentidos; y los varios litros más que ingería durante el día como su principal y único alimento. Llegó también el momento en que sus indicaciones eran resistidas por los operarios a su cargo, que no comprendían cómo se le podía ocurrir ordenar el trasvasije o agregar tal ingrediente a esa cosecha que a todas luces se vislumbraba como la mejor. Sus órdenes sólo se justificaban por el estado de permanente embriaguez en que se encontraba.

El patrón no tardó en darse cuenta del problema y cierto día puso término a la relación que por años había tenido con éste, considerado el mejor de la zona en las artes vitivinícolas. En los próximos meses la mujer le abandonó llevándose a sus hijos, aburrida de las carencias y buscando en otro lugar los alimentos y abrigo que se habían hecho intolerablemente escasos en la casa que habitaba, junto al embriagado trabajador.

Y fue el hombre vagando sin rumbo por el pueblo, presa de las burlas y crueles bromas de los niños. Con ansiedad creciente recibía el primer vaso que quienes le conocían, consideraban necesario darle, como medicina para aliviar los espasmos que la carencia de este preciado elemento le ocasionaba. Caritativas mujeres del lugar le reservaban algo de merienda y de vez en cuando alguien lo bañaba para evitar la podredumbre a la que se había entregado.
Trabajo ya no había para él, porque ninguna labor le era posible realizar sin antes beber el primer litro de cualquier marca o los restos que sus anteriores amigos dejaban en el restaurant que se proveía del vino ahora vigoteado y que antes fuera el mejor, por él seleccionado. Monedas necesarias para el día, entregaban también aquellos que visitaban el restaurant como limosna para que su vida de bebedores no tuviera el mismo desenlace.

La sucia y extensa cabellera, también negra, le servía como almohada aquella noche en que el frío le arrebató su vida, justo cuando con mi amigo le llevábamos el vino que al amanecer del día siguiente nos quedaba.


Lo de siempre.

Suena la alarma del padre convertida en reloj, que a trabajar te llama el día de hoy. Maestro de todos los cementos y de todas las maderas, el hombre acostumbraba trabajar sólo, pero en esta ocasión requería ayuda.

Antes del amanecer ya se oían los inconfundibles pasos del padre que ya no soportaba la impaciencia por ejecutar de la manera en que durante la noche, había pensado en realizar aquél trabajo que el Director le había encomendado.

Su hijo de doce años comprendía que el sueño debía suspenderse y rápidamente había que levantarse para acompañar la jornada, que por doscientos pesos diarios, se había convenido que como ayudante, desempañaría en los próximos días.

No había tiempo o no se acostumbraba gastarlo en desayunar, sólo un lavado de cara más bien para despabilarse y vamos montándose en el fierro horizontal de la bicicleta cic celeste, que el padre conducía con su habitual templanza. Característico en su conducción eran los tres dedos mayores de ambas manos puestos en el freno del manubrio modelo mariposa. No le gustaba usar guantes y tal vez por eso el ayudante no los conocía y debía soportar el congelamiento de sus manos que aun cubiertas por los extremos de la gruesa chomba, se producía durante el viaje en pleno invierno. Pedaleando suavemente sin más esfuerzo, el padre mantenía el movimiento de la bicicleta durante la bajada hacia el centro.

Una gran casa de esas que tienen el  patio en el centro y habitaciones por el contorno al estilo colonial, era el lugar en que se ejecutaba la obra. Había que construir tres piezas destinadas a un pequeño departamento para el menor de la familia. En una de ellas, había que dejar las instalaciones para baño y cocina que se harían después.

Llegados a la obra el padre encendía fuego con restos de tablas y papel de cemento. Junto con calentar sus manos, el fuego hervía el agua en un tacho hecho con tarro de Nescafé grande y asas de alambre, que habrían de beberse con la mayor urgencia. Algo de pan que sacaba de los bolsillos de su habitual chaqueta y el café caliente eran el desayuno, ahí mismo en la obra. A media mañana se complementaba con el que traía la empleada de la casa y que por cierto era más elaborado. Luego y rápido vamos mojando ladrillos, “guarda hombre con quebrarlos”, “que te queden bien mojados”, “arrímalos al muro para tenerlos a la mano”. “Preparemos la mezcla y vamos levantando los muros”, “aujétalos ente yo le pongo mezcla”, “traete un clavo de cuatro para ponerlo lancero y  sujetar la alzaprima”, eran las instrucciones que durante el día se comunicaban a estos laboriosos obreros mientras construían los muros que ya estaban a media altura.

 A la hora del almuerzo recibían la visita del Director que les traía desde su casa la merienda, preparada y abundante, servida correctamente en la mesa del comedor principal que ya conocían.
Por la tarde dejaban la obra lista para el paso siguiente y así durante la semana concluían el primer trato que consistía en parar y techar la estructura. El sábado por la tarde regresaban a casa y tal vez por lo empinado del camino, era necesario hacer detenciones cada cierto tramo, justo en los restaurantes: “La parrita”,  “El ex soldado” y aunque no le gustaba mucho, el de la “Santa Elena”, donde Solercio. En cada uno de ellos, el padre al entrar pedía: “lo de siempre”. Sin más le ponían un medio pato de vino tinto y una bebida coca cola chica junto a otra caña vacía. ¿Y para el niño?, le preguntaban. “Lo mismo” …respondía , “pero sin vino”.