La encomienda.
La madre lo había encargado a ese matrimonio vecino
que por su avanzada edad y ceguera del
dueño de casa, requería ayuda. No había pago convenido, pero una boca menos
que alimentar ya era alivio suficiente para esa familia que no andaba de lo
mejor en asuntos financieros. Y seguramente también, como el crío no era flojo,
se ganaría algún adicional de cosecha, huevos, quesos y pollos, para cooperar
con el sustento de la familia, a esas alturas ya conformada por seis hijos.
El viejo patrón había perdido la vista, no sé si por
la edad o por algún accidente, pero su mujer la conservaba intacta para catear
que el niño cumpliera con las obligaciones y no haraganeara cuando le
encomendaban la limpia de la chacra en que crecían cebollas, tomates, porotos y
choclos. Conservaba esa mujer en su vocabulario todas las palabras adecuadas
para animar y controlar al joven trabajador y si era del caso tenía abundante
rosario de insultos para reprocharle su conducta. Ya era suficiente con atender
a su inválido marido y ese niño, era un peso más que no estaba dispuesta a
cargar. No dijo que estaba en desacuerdo con el trato, porque nunca le
preguntaron.
El viejo en cambio, era un desecho de virtud. La
pérdida de un sentido tan esencial como es la vista, la había compensado con
otras veinticuatro capacidades que había desarrollado y le permitían realizar sus tareas, cada día desde muy temprano tal cual o mejor que el
más vidente. Su casa y los alrededores, los tenía dibujados como mapa en
Braille, de manera que podía acceder a cualquier lugar y encontrar lo
necesario.
Pero otra cosa era salir a campo traviesa. Para ello
requería al joven Lazarillo que lo encaminaba y se sorprendía de la capacidad
con que el viejo se ubicaba, pues los caminos andados, aunque fuera una vez,
quedaban grabados en su memoria, de manera que podía anticipar que estaba cerca
del arroyo, hacerle el quite a la humeante bosta de caballo, o reconocer la
cercanía de alambradas que separaban su terreno de tal o cual vecino.
Tenía el viejo un valioso caballo, pastando en el
cerco de un amigo a dos horas de camino, subiendo y bajando lomas, por
estrechos senderos que alguna vez recorrió. Ya era tiempo de traerlo de vuelta
porque en sus terrenos había suficiente pasto y el animal sería necesario en
las próximas cosechas. No pudiendo ya hacer el viaje por sí mismo, encomendó la
tarea al niño, dándole indicaciones de cómo llegar a destino. Facilitó el viejo
rocín, para que lo condujera en la tarea.
Habiendo llegado a destino y con la venia del dueño,
el niño se allegó hasta el cerco y no sin dificultad, laceó al caballo y
sujetando la soga a su viejo rocín, avanzó algunos metros hasta salir de la
propiedad y encaminarse a los terrenos de su encomendero. El viaje se
transformó en pesadilla al observar que el caballo, por tanto tiempo en
libertad, se resistía a toda forma de empuje y por su abultada envergadura, el
pobre rocín no era capaz de moverlo. El caballo a toda costa quería regresar a
su paraíso.
Discurrió el niño en aprovechar el ímpetu del caballo
por devolverse, para hacerlo avanzar, pero esto sólo se podía lograr
montándolo. Lo intentó reiteradamente pero también reiteradamente el caballo se
deshizo de él, enviándolo por los suelos. No hallando más que hacer, pero
decidido en su propósito, amarró el caballo a unas estacas y poniéndolo entre
cerca y rocín, se montó nuevamente y aguantó los corcoveos, hasta que vencido
el caballo, cedió al manejo que el niño en feroz carrera, luego de soltarlo de
las estacas, le dio por las lomas hasta que el cansado animal no pudo más con
su porfía.
Y regresó en busca del rocín que por gusto se hubiera
quedado ahí mismo donde le dejaron. Ahora era el caballo quien asumía la carga,
avanzando a toda prisa exigido por el niño
que quería cumplir la encomienda sin tardanza, tiraba al rocín cuya resistencia
era más por flojera. Llegado a destino, el viejo salió a su encuentro. Olfateando
y tocando la piel del caballo, preguntaba ¿por qué tan sudado el caballo,
mijo?.
No hay comentarios:
Publicar un comentario