domingo, 23 de noviembre de 2014

La encomienda

La encomienda.

La madre lo había encargado a ese matrimonio vecino que por su avanzada edad y  ceguera del dueño de casa, requería ayuda. No había pago convenido, pero una boca menos que alimentar ya era alivio suficiente para esa familia que no andaba de lo mejor en asuntos financieros. Y seguramente también, como el crío no era flojo, se ganaría algún adicional de cosecha, huevos, quesos y pollos, para cooperar con el sustento de la familia, a esas alturas ya conformada por seis hijos.

El viejo patrón había perdido la vista, no sé si por la edad o por algún accidente, pero su mujer la conservaba intacta para catear que el niño cumpliera con las obligaciones y no haraganeara cuando le encomendaban la limpia de la chacra en que crecían cebollas, tomates, porotos y choclos. Conservaba esa mujer en su vocabulario todas las palabras adecuadas para animar y controlar al joven trabajador y si era del caso tenía abundante rosario de insultos para reprocharle su conducta. Ya era suficiente con atender a su inválido marido y ese niño, era un peso más que no estaba dispuesta a cargar. No dijo que estaba en desacuerdo con el trato, porque nunca le preguntaron.

El viejo en cambio, era un desecho de virtud. La pérdida de un sentido tan esencial como es la vista, la había compensado con otras veinticuatro capacidades que había desarrollado  y le permitían realizar sus  tareas, cada día  desde muy temprano tal cual o mejor que el más vidente. Su casa y los alrededores, los tenía dibujados como mapa en Braille, de manera que podía acceder a cualquier lugar y encontrar lo necesario.

Pero otra cosa era salir a campo traviesa. Para ello requería al joven Lazarillo que lo encaminaba y se sorprendía de la capacidad con que el viejo se ubicaba, pues los caminos andados, aunque fuera una vez, quedaban grabados en su memoria, de manera que podía anticipar que estaba cerca del arroyo, hacerle el quite a la humeante bosta de caballo, o reconocer la cercanía de alambradas que separaban su terreno de tal o cual vecino.

Tenía el viejo un valioso caballo, pastando en el cerco de un amigo a dos horas de camino, subiendo y bajando lomas, por estrechos senderos que alguna vez recorrió. Ya era tiempo de traerlo de vuelta porque en sus terrenos había suficiente pasto y el animal sería necesario en las próximas cosechas. No pudiendo ya hacer el viaje por sí mismo, encomendó la tarea al niño, dándole indicaciones de cómo llegar a destino. Facilitó el viejo rocín, para que lo condujera en la tarea.

Habiendo llegado a destino y con la venia del dueño, el niño se allegó hasta el cerco y no sin dificultad, laceó al caballo y sujetando la soga a su viejo rocín, avanzó algunos metros hasta salir de la propiedad y encaminarse a los terrenos de su encomendero. El viaje se transformó en pesadilla al observar que el caballo, por tanto tiempo en libertad, se resistía a toda forma de empuje y por su abultada envergadura, el pobre rocín no era capaz de moverlo. El caballo a toda costa quería regresar a su paraíso.

Discurrió el niño en aprovechar el ímpetu del caballo por devolverse, para hacerlo avanzar, pero esto sólo se podía lograr montándolo. Lo intentó reiteradamente pero también reiteradamente el caballo se deshizo de él, enviándolo por los suelos. No hallando más que hacer, pero decidido en su propósito, amarró el caballo a unas estacas y poniéndolo entre cerca y rocín, se montó nuevamente y aguantó los corcoveos, hasta que vencido el caballo, cedió al manejo que el niño en feroz carrera, luego de soltarlo de las estacas, le dio por las lomas hasta que el cansado animal no pudo más con su porfía.


Y regresó en busca del rocín que por gusto se hubiera quedado ahí mismo donde le dejaron. Ahora era el caballo quien asumía la carga,  avanzando a toda prisa exigido por el niño que quería cumplir la encomienda sin tardanza, tiraba al rocín cuya resistencia era más por flojera. Llegado a destino, el viejo salió a su encuentro. Olfateando y tocando la piel del caballo, preguntaba ¿por qué tan sudado el caballo, mijo?.

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