Incontinencia.
La casa estaba abarrotada de gente, cuarenta personas
habían llegado la noche anterior y ocuparon las ocho piezas disponibles en la
improvisada residencial. Se había incrementado entonces la demanda por bebidas,
cervezas, pan amasado y empanadas, rubro secundario a la empresa principal de
alojamiento con derecho a cocina, que el hermano había instalado en Pichilemu
aquel verano.
Obligados a dormir los cinco en una pieza, el empresario
y su esposa, junto a sus dos hijos habían tirado colchonetas en el suelo y
dejaban la única cama disponible para el asistente, hermano menor del jefe, por
esos años un joven quinceañero que se entusiasmaba con la idea de juntar algún
dinero aquel verano. La pega había sido dura en los días previos y lo
continuaría siendo durante la corta temporada en que la playa es el mejor lugar
para sobrevivir al calor. Cercano a las dos de la mañana se fueron a acostar,
luego de haber dejado el pan leudando y una buena cantidad de empanadas para
cocer al alba en el horno de barro. Sólo unas cuatro horas de sueño, era lo que
se podían permitir las noches de viernes y sábado.
Entre despierto y dormido, sintió una urgente
necesidad de orinar. De forma automática, como lo hacía en su casa, estiró la
mano bajo la cama y tomó lo que debía ser la bacinica. Ubicada en la posición
correcta, depositó en ella lo que había en la vejiga y devolvió el receptáculo
a su posición bajo la cama. Despierto al amanecer observó el color húmedo en el
piso de madera ahí justo donde buscaba los clásicos botines de “Calzados
Fuentes” que usaba como único par de zapatos desde los siete años. El derecho
aún conservaba restos de orina y en ese momento vino el destello de cordura que
le hizo recordar la orinada de la noche, obviamente su calzado se había
transformado en bacinica.
Para encubrir la evidencia y dado que al minuto nadie
se había dado cuenta, puso la bota húmeda en la puerta del horno que el patrón
había encendido y luego de un rato fue a buscarla. Terrible sorpresa, la bota
se había quemado y el cuero a churrascado no permitía que volviera a ser usada.
El hermano mayor quiso enviarlo de vuelta en el primer tren. Tranquilizado por
su mujer, facilitó un par de zapatos, ordenó que encerara la pieza y dispuso un
recipiente para que sirviera al propósito, en caso que durante la noche fuera
requerido.
La dura jornada del sábado, otra vez lo tenía
acostándose más allá de las dos de la mañana. El deseo de orinar sobrevino y el
subconsciente luchaba con el sueño, señalándole que debía ir al lugar en que se
encontraba el recipiente. La pieza era toda oscuridad, gateando avanzó por el
suelo pasando por encima de las camas improvisadas en que dormía el matrimonio
y los sobrinos. Oh, desgracia, se abrió la llave que controlaba el caudal y fue
esparciendo orina por frazadas y camas en el trayecto que eligió. Allegado al
recipiente no había nada que depositar.
Al percatarse el patrón sólo quería darle de chuletas,
nuevamente la cuñada le aplacó y le hizo abrirse a la posibilidad de que el
asistente requería descanso. Luego de cocer el pan y las empanadas, le concedió
día libre sugiriendo que fuera a la playa y se relajara. Entre dunas en la
playa cercana a infiernillo, se acomodó a dormir continuadamente desde las diez
hasta las cuatro de la tarde, hora en que volvió a la pega justo cuando se
requería que fuera al centro en busca de bebidas.
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