domingo, 16 de noviembre de 2014

Incontinencia

Incontinencia.

La casa estaba abarrotada de gente, cuarenta personas habían llegado la noche anterior y ocuparon las ocho piezas disponibles en la improvisada residencial. Se había incrementado entonces la demanda por bebidas, cervezas, pan amasado y empanadas, rubro secundario a la empresa principal de alojamiento con derecho a cocina, que el hermano había instalado en Pichilemu aquel verano.

Obligados a dormir los cinco en una pieza, el empresario y su esposa, junto a sus dos hijos habían tirado colchonetas en el suelo y dejaban la única cama disponible para el asistente, hermano menor del jefe, por esos años un joven quinceañero que se entusiasmaba con la idea de juntar algún dinero aquel verano. La pega había sido dura en los días previos y lo continuaría siendo durante la corta temporada en que la playa es el mejor lugar para sobrevivir al calor. Cercano a las dos de la mañana se fueron a acostar, luego de haber dejado el pan leudando y una buena cantidad de empanadas para cocer al alba en el horno de barro. Sólo unas cuatro horas de sueño, era lo que se podían permitir las noches de viernes y sábado.

Entre despierto y dormido, sintió una urgente necesidad de orinar. De forma automática, como lo hacía en su casa, estiró la mano bajo la cama y tomó lo que debía ser la bacinica. Ubicada en la posición correcta, depositó en ella lo que había en la vejiga y devolvió el receptáculo a su posición bajo la cama. Despierto al amanecer observó el color húmedo en el piso de madera ahí justo donde buscaba los clásicos botines de “Calzados Fuentes” que usaba como único par de zapatos desde los siete años. El derecho aún conservaba restos de orina y en ese momento vino el destello de cordura que le hizo recordar la orinada de la noche, obviamente su calzado se había transformado en bacinica.

Para encubrir la evidencia y dado que al minuto nadie se había dado cuenta, puso la bota húmeda en la puerta del horno que el patrón había encendido y luego de un rato fue a buscarla. Terrible sorpresa, la bota se había quemado y el cuero a churrascado no permitía que volviera a ser usada. El hermano mayor quiso enviarlo de vuelta en el primer tren. Tranquilizado por su mujer, facilitó un par de zapatos, ordenó que encerara la pieza y dispuso un recipiente para que sirviera al propósito, en caso que durante la noche fuera requerido.

La dura jornada del sábado, otra vez lo tenía acostándose más allá de las dos de la mañana. El deseo de orinar sobrevino y el subconsciente luchaba con el sueño, señalándole que debía ir al lugar en que se encontraba el recipiente. La pieza era toda oscuridad, gateando avanzó por el suelo pasando por encima de las camas improvisadas en que dormía el matrimonio y los sobrinos. Oh, desgracia, se abrió la llave que controlaba el caudal y fue esparciendo orina por frazadas y camas en el trayecto que eligió. Allegado al recipiente no había nada que depositar.

Al percatarse el patrón sólo quería darle de chuletas, nuevamente la cuñada le aplacó y le hizo abrirse a la posibilidad de que el asistente requería descanso. Luego de cocer el pan y las empanadas, le concedió día libre sugiriendo que fuera a la playa y se relajara. Entre dunas en la playa cercana a infiernillo, se acomodó a dormir continuadamente desde las diez hasta las cuatro de la tarde, hora en que volvió a la pega justo cuando se requería que fuera al centro en busca de bebidas.


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