domingo, 16 de noviembre de 2014

A veces hay que hacerle caso a los bueyes.

A veces hay que hacerle caso a los bueyes.

Había sido un invierno muy lluvioso. La abuela preocupada por su hija mayor que vivía en los cerros de Huelón junto a su esposo y ya varios hijos, envió al tío Onofre para que la fuera a buscar y la trajera a pasar algunos días en el Culenar, mientras se aplacaba el temporal. A la orden, el tío, considerando grata la encomienda, porque tenía por esa hermana un especial cariño, enyugó bueyes y partió al alba, como siempre le ha gustado, con su carreta y algunas cositas para el viaje y  los infaltables regalos.

La lluvia intensa por la noche había amainado y los diez kilómetros que separaban ambas casas se recorrieron sin novedad hasta el badén que forma el estero que baja de las quebradas en Huelón y que cubría el camino con al menos cincuenta centímetros de agua, formando una laguna por donde sólo bueyes y caballos podían transitar, cuidando no irse a la cuneta.

Con la referencia de las estacas que forman los cercos de los terrenos colindantes a la orilla del camino, el tío animó a los bueyes y pasó con calma por el centro y sin novedad los más de cincuenta metros de camino oculto por el agua. Luego se encaminó a los cerros y llegó hasta la misma casa por el sendero que se anunciaba en la “Puerta de los Márquez” y que bordeando estero y quebradas conducía hasta la propiedad, encaramada en la cima de la cadena de cerros característicos de ese lugar.

El padre no se opuso porque sabía de las condiciones y carencias habituales por esos días. La madre vistió a los niños y preparó equipaje necesario, mientras el tío desayunaba. Al medio día bajaban al punto en que el camino se sumergía en la laguna, al parecer del tío, ahora un poco más crecida en relación con lo que observara en la mañana. Evaluadas las condiciones avanzó no más por el agua con carreta y pasajeros, rogando que el nivel del agua no llegara a superar la base de la carreta.

Todo iba bien, hasta que en medio de la laguna los bueyes se detuvieron y no hubo quien los hiciera dar un paso más, a pesar de todos los aullidos, improperios y sonsonetes que el tío dibujaba con sus cuerdas vocales. Aunque no le gustaba picanearlos, usó también este recurso, sin resultados. Los bueyes permanecían inmóviles en medio del agua. Otra decisión hubiera tomado el tío si hubiera ido sólo, esas mierdas de bueyes, no se la ganaban, pero otra cosa era transportar a su hermana y especialmente a los niños, así es que se conformó no más y arremangándose innecesariamente los pantalones, se metió al agua y en brazos llevó uno por uno a los cuatro niños hasta el lugar en que el camino aparecía. El problema mayor era transportar a la hermana cuya gordura y baja estatura, no dejaban lugar recomendable del cuerpo como para echársela al hombro como lo hacía habitualmente con sacos de porotos, papas, lentejas y garbanzos. Claramente no era el peso lo que le preocupaba, sino la humanidad de esa mujer que no tenía recodos en su estructura.

Alapa no más le dijo la hermana que ella se agarraría bien del cuello y no lo soltaría hasta llegar a resguardo. Cumplida la proeza, volvía el tío en busca de bueyes y carreta, preparando la garganta para los aullidos con que a la fuerza los movería. Que se creen estas mierdas. Para precaverse que no saldrían espantados sin la carreta se puso delante de los bueyes y aseguró las amarras que unían el yugo a los cachos y a la vara que sujetaba la carreta. Justo allí tropezó con algo duro bajo el agua. Tanteando se percató que era una inmensa roca de casi un metro de diámetro que oculta bajo el agua turbia, no se veía, seguramente había caído recientemente desde los cerros.
Rápidamente comprendió que el otro sentido de los bueyes, había salvado carreta y pasajeros de un gran desastre si es que el porfiado insistiera en obligar a los bueyes a saltarla. Benaiga, le decía a su hermana cuando la subía nuevamente a la carreta, luego de hacer que los bueyes rodearan la piedra sin tocarla.

   

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