Los escapados.
Y se fue no más. La mujer del patrón ciego le tiró un
zapatazo que dio directo en su cara, mientras se encontraba en la chacra,
tratando de encaminar las aguas por las hileras, evitando la erosión por
exceso. Afanes que la mujer no apreció y culpándolo de la anega, nada más
quería deshacerse de él por cualquier medio.
No aguantó más. El trato de la madre con el vecino
ciego no incluía los castigos de su mujer. No recordó ponerse zapatos ni le
interesó rescatar su ropa, simplemente se fue. Llegar a la casa, abrazar a sus hermanos
y enfrentar a sus padres, era un problema mayor. Pero podía evitarse, al menos
por el tiempo en que el viejo matrimonio se pusiera de acuerdo para denunciar a
la madre, el incumplimiento del hijo.
A prudente distancia de su casa, oculto entre las
chircas, atrás de la roca en que habitualmente se encontraban, emitió los
silbidos que su hermano sabría reconocer. El hermano menor, no tardó en llegar a su encuentro, era su yunta, se conocían desde siempre y su amistad, a toda
prueba, era como el encuentro entre dos personalidades afines en aventuras y
sentimientos. Se reencontraban los compinches de tantas jornadas.
Relatado el incidente con la mujer del vecino ciego,
se decidió por mutuo acuerdo que debían escapar. La madre lo devolvería con
viento fresco hasta la casa del martirio y no estaba dispuesto a soportarlo
más. Era plena época de cosechas y allá por la laguna encontrarían algún campo
en que empeñarse. Ya sabían de arrancar lentejas, garbanzos y porotos. Luego
volverían, con dinero para aplacar la rabia de la madre y con experiencia para
ayudar al padre en sus propias cosechas.
Al amanecer, el propietario del campo los encuentra en
el galpón acurrucados y envueltos en la paja. No tardó el patrón en recordar
que eran los hijos del matrimonio que vivía allá en los cerros, pero guardando
reserva les preguntó en que andaban por esos lados. El más hablador dijo que
buscaban trabajo, que eran buenos pa’ la pega y que no se arrepentiría de
contratarlos. Sabían cosechar lo que viniera.
Aquí hacen falta manos, así es que si quieren pega, no
más vayan donde el administrador que les indicará lo que hay que hacer, pero
antes pasen por la casa para que tomen desayuno no sea que se me vayan a
enfermar. Así pasaron la semana, arrancando garbanzos y lentejas, luego el
resto del verano arrancando porotos. No sabían de domingos ni festivos, juntar
algo de dinero para llevar a casa era su mayor deseo.
Cuando se acabó la pega, se fueron a la laguna y se
lanzaron a las aguas para refrescarse. El menor no supuso que en el lugar
hubiera una profundidad mayor a su tamaño. Aún no había aprendido a nadar. Y se
ahogaba no más. El administrador que justamente andaba por el lugar y viendo
que los niños aleteaban tratando de llegar a la orilla, se lanzó al rescate,
salvando a ambos de muerte segura.
Al día siguiente el patrón los llevaba hasta su casa
en los cerros, en una carreta cargada de sacos de trigo, lentejas, garbanzos y
porotos. Llevaba también un canasto de quesos, varias docenas de huevos, pollos
vivos y carne charqueada. El encuentro con los padres no fue drama.
El patrón les había avisado al día siguiente de
encontrarlos en su galpón. Dando gracias, se retiraba entregando a la madre un
fajo de billetes, sabe Dios de qué cuantía.
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