El que perdió el último tren.
Despertó. Un frío intenso recorría su cuerpo. Ebrio aún, no fue capaz de ponerse de pie al primer intento. Sentado, meditaba cómo cresta había llegado a ese lugar. La cuneta de un camino de tierra, tirado en el pasto húmedo, durmiendo la mona como un borrachín cualquiera y entumido de frío. Un frío extraño para esa época, a inicios del verano.
Miraba a ambos lados del camino oscuro y sombrío. Sólo a lo lejos algún poste de alumbrado público tenía encendida la ampolleta. Definitivamente no sabía en qué lugar se encontraba. Lentamente se fueron aclarando sus pensamientos. Recordó que viajaba en un tren y que se bajó en una estación cualquiera, porque se iniciaba el partido final de algún campeonato que enfrentaba a los dos equipos más populares del país. No era aficionado al fútbol pero tampoco había otra urgencia que acometer y ningún panorama para aquella tarde. Se dejó nada más guiar por el impulso y ahí mismo en la estación encontró un restaurant con dos salones preparados para el evento. Se instaló en el salón más desolado, de hecho en principio sólo él pedía el churrasco y una cerveza de litro para acompañar la jornada.
No recordaba datos acerca del desarrollo del partido, ni jugadas ni goles y ni siquiera si su equipo favorito hubiera ganado, perdido o empatado. Solo que al término del partido, volvió a la estación para continuar su viaje. Esperó la llegada del próximo y último tren, pero minutos antes de que llegara, la voz característica en las estaciones informaba al público que el tren había sufrido algún percance por lo que no cumpliría su itinerario. Ya de noche, sólo dos opciones para llegar a destino; la carretera o algún bus o colectivo que aun a esa hora pudiera sacarlo de aquella ciudad.
Caminó hacia el centro por la primera calle que encontró, luego de preguntar a algún transeúnte. En la vereda un grupo de personas compartía en torno a una improvisada mesita en la que reposaba un jarrón de ponche en frutillas a medio consumir. Pidió permiso para pasar por entre los reunidos, ubicados a ambos lados de la vereda bajo un frondoso árbol. Sin recordar cómo ocurrió, se encuentra sentado compartiendo entusiasmadamente con aquellas personas entre las que destacaba un gordo hombre con apariencia de luchador de zumo, alto y vestido de polera y buzo negro con refrescantes chalas en sus pies.
Parecía este hombre tener la hegemonía de algún ritual, porque era recurrido permanentemente por los jóvenes con los que compartía, entre los que se incluía mujeres y niños que le hablaban con cierta cautela, entregándole muy disimuladamente algo que él guardaba rápidamente en sus bolsillos. Entre la conversa surgió de alguien la idea de hacer un asado y muy rápidamente al límite de la hora en que el único supermercado de la ciudad cerraba, se compraban los insumos con mucha soltura en el presupuesto y cuidando que no faltara nada considerando la cantidad de posibles comensales.
En el patio del terreno frente al frondoso árbol, una especie de cite improvisado entre los restos de lo que fuera un caserón luego del terremoto, se prendía fuego y se instalaba la parrilla sobre la cual se cocinaba rápidamente, enormes trozos de vacuno y cerdo. Y los jóvenes, mujeres y niños iban y venían periódicamente recibiendo y entregando lo que el gordo de negro guardaba y extraía en los bolsillos del abultado pantalón.
De madrugada se trasladaban en taxis repletos de pasajeros, hasta una gran casa en que la música animaba la fiesta donde unas treinta personas disfrutaban. Entre ellos el que perdió el último tren. De repente se forma una gran trifulca. Alguno de los participantes recrimina duramente a su mujer por considerar que coquetea desvergonzadamente con otro de los invitados. Surge de la nada un arma de fuego y varios disparos rompen techo y muros.
Discretamente abandona la escena, sale a la calle y camina todo lo rápido que el cuerpo, la bebida y el aire de la madrugada le permite, mientras va perdiendo la conciencia para terminar en húmedo pasto, sujeto a tierra firme.

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