miércoles, 10 de diciembre de 2014

Tiene que haber sido el diablo.

Tiene que haber sido el diablo.

La fiesta había comenzado con el infaltable ponche de vino y duraznos que refrescaba el espíritu de los convidados. Y cómo es de esperar, luego de unos vasos, las mentes elucubran que será necesario algo más para continuar. A la primera insinuación, la anfitriona dispone un cordero, de la veintena que pasta en el cerro. Rápidamente se ofrecen dos improvisados arrieros, uno de ellos matarife, que acometen la complicada tarea de traer al corral, a esos asustados, libertinos y escurridizos animales, cuando no es la hora prevista por el Señor para encaminarse al cerco por su cuenta.

La odisea tardaba demasiado. Los corderos tienen esa rara actitud de seguir el camino que uno de ellos, el más osado, toma. Si alguno se aísla, luego encuentra la forma de volver al grupo y a campo libre, pillarlos era imposible. Más aún, uno de ellos había saltado la cerca y bajaba del cerro desbandado, precisamente por el camino contrario al que se deseaba conducirlo. El más baqueano tuvo que ir en busca de aquel y no fue sin la ayuda de la anfitriona y sus hijas, que el resto de la piara se encerró, esta vez sin escape posible. Demoró un poco el arriero, pero ahí venía con el bicho al hombro haciendo gala de su capacidad y de su inquebrantable resolución para acometer lo que se requiera en el campo.

Y fue el mismo cordero que recibía la punzante daga por donde escurría el chorro de sangre que se recibía en una olla para luego convertirse en chanfaina. Algunos bebieron un sorbo aleonados por el matarife que describía los méritos de ese brebaje. Descuerado el cordero se procedió al faenamiento, extrayendo sus entrañas y seleccionando cuanto fuera comestible. Colgado al añoso sauce, finalmente el cordero se oreaba.

La anfitriona dispuso la guitarra y aunque le faltaba una cuerda entonó las primeras canciones con todo el sentimiento de lo feliz que se encontraba. La concurrencia acompañaba con vítores y aplausos y uno de ellos siguió el ejemplo, tomando la guitarra mientras se preparaba el fuego y la parrilla. Luego de picotear ahí mismo en la hoguera los tres cuartos del asado, se iniciaron los bailes, la cumbia, el correteado y la infaltable cueca. Al anochecer se recogían los convidados a sus diferentes hogares y uno de ellos invitaba al guitarrista para que continuaran la fiesta en el pueblo.

Pasada la media noche, luego de pedir varias botellas de pisco con sus respectivas bebidas, el anfitrión desaparecía, supuestamente para ir al baño, mientras el guitarrista animaba la conversa del grupo que se había formado. Una hora en el baño era suficiente tiempo como para que el protector hiciera sus necesidades. Preocupado, el invitado busca al anfitrión  por los diferentes salones del club social, sin éxito, finalmente tuvo que asumir que le había dejado a su suerte.

No había otra opción que caminar los nueve kilómetros que lo alejaban del lugar en que la fiesta se había iniciado.  A la oscura noche, buena cara y vamos andando por las tres lomitas. Lo bebido servía de aliento y valor para enfrentar el temor que la noche y la soledad del camino producía.

Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando avanza cercano  al cruce en que el camino se dispersa hacia los cerros. Ahí delante a unos doscientos metros aparece la enorme cara de un terrorífico hombre que lo observa. Indescriptible la forma y características del sujeto principalmente negro en sus deformadas facciones pero claramente era un ser humano aparecido quien sabe de dónde.

Detuvo el paso, observando el suelo y en diferentes direcciones, tratando de verificar que aquello no era una mala visión de su mente que jugueteaba con sus razonamientos. No hay humano con cabeza de tal envergadura y si a ese nivel se encuentra la cara ¿cómo será el cuerpo?, se preguntaba, si en ese lugar el camino desciende de manera que el sujeto estaba a unos treinta metros del suelo en un bajo formado por la ladera del cerro.

No se atrevió  a dar un paso más. La terrorífica cara estaba ahí y no tenía ninguna disposición a averiguar más detalles. Ahí no más se quedaba, hasta que el pronto amanecer le permitiera recuperar el valor necesario para seguir. En un techado paradero de micros permaneció el resto de la noche acostado en el asiento. Al amanecer observaba los frondosos árboles que a unos doscientos metros formaban con mirada artística, una enorme cara de rasgos humanos que explicaban la demoníaca figura ahora, con tintes verdes que en la noche le intimidó avanzar.

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