martes, 20 de enero de 2015

La persecución.

La persecución.

Se había perdido la yegua preferida del abuelo. Pastando había estado varios días en la hijuela del río y al ir a verla para darle agua una mañana, simplemente no estaba. En el campo no se alarman tanto por un suceso como este, porque siempre existen posibilidades como que la yegua saltó la cerca y se pasó a alguna parcela vecina, que se puede haber ido hacia el río o por el camino arriba o abajo. Incluso puede haber cruzado el cerro que la separa de su hogar permanente y simplemente haber regresado a casa.

Por lo mismo los dos hijos menores del abuelo, encargados del animal, no se apresuraron en conjeturas y se fueron no más al boliche de don Chago para refrescar la garganta y por cierto, obtener algún dato que siempre dan los amigos, ahí donde todos se conocen y por supuesto donde conocen también  sus animales.

Y no faltó el que llegó con la noticia. Había visto por la mañana muy temprano a un joven muchacho, extraño por esos lugares, rubio y fornido, montado en una yegua que le pareció conocida, pero no discurrió sino hasta ahora que podría ser la del abuelo. Iba río abajo por los senderos que se forman a orilla del río entre los metros que quedan libres de los propietarios que colindan con el que mata y quita.

Claramente la información daba cuenta de un posible abigeato. Había que poner de inmediato la situación en conocimiento de las autoridades y por supuesto seguir la huella del ladrón para darle caza con premura, sin olvidar informar al abuelo que enterarse por otras vías, pudiera no parecerle. Mejor no comentarle en detalle los pasos que se disponen a dar, solamente decirle que darán cuenta a Carabineros del retén más cercano. Rápidamente los hermanos  se fueron a su casa, informaron al abuelo quien puso el grito en el cielo, pero aprobó toda diligencia que se hiciera para recuperar su yegua. Ocultos, cargaron sus revólveres y cuchillos. De la cocina sacaron algo de pan y charqui para un viaje prolongado. Montaron sus cabalgaduras siempre preparadas con mantas suficientes por si hubiera que pasar la noche a la intemperie y salieron a la siga del culpable.

Las posibilidades de ruta que el malhechor seguía eran pocas, por uno u otro lado del río si lo cruzaba debiera ser por el puente Lautaro y allí más de alguien pudiera haberlo visto. Decidido aquello las opciones eran camino a Iloca o a Constitución por La Trinchera. En todo caso les llevaba unas seis horas de ventaja, que no era mucho para el que huye, pensaban sus captores.

Y fue precisamente que en las cercanías del puente por el camino que va a Huelón, un hombre que trabajaba en el campo, había también visto al rubio jinete con dirección a la Trinchera y de allí supuestamente se encaminaría a Putú, donde se sabía de antemano la existencia de reducidores que pagaban bien y sin escrúpulos, por cualquier animal robado para convertirlo en carne y venderlo en Constitución.

Allá se encaminaron los perseguidores y la noche los encuentra cerca de La Trinchera en una de estas posadas que se ubican a orilla del camino para atender a los veraneantes durante la temporada estival. La memoria del encargado era buena y las características del rubio jinete que pasó a media tarde para comprar algún refresco, inconfundibles. Así es que, convencidos que estaban en la dirección correcta se dispusieron a pasar la noche junto a la posada compartiendo con el dueño la garrafa de tinto necesaria para animar la conversa y digerir mejor el salado charqui.

Nerviosos y apurados, despertaron de madrugada para continuar la misión. Seguramente el ladrón tuvo que detenerse también para pasar la noche, así es que la ventaja que les llevaba ahora no debía ser mayor. Sus cabalgaduras reposadas no tuvieron inconvenientes en lanzarse al galope para recuperar terreno y como a las tres de la tarde un nuevo dato les indicaba que sólo a un par de kilómetros se hallaba el cuatrero. Precisamente en el lugar en que una pareja de Carabineros se encaminaba de regreso al retén de Putú luego de haber visto y saludado al jinete que se presumía unos metros más adelante escapaba con la yegua del abuelo.

Ahora eran cuatro los perseguidores civiles y uniformados que con resolución acometían el deber de capturar al ladrón. El confiado jinete ya viendo cercano el dinero que recibirá por la presa, escucha el ruido de los cascos que tras él se dejan sentir con alarma. No tiene escapatoria, más bien salvar la integridad y entregarse. La pena por el delito no es grave, a lo más un par de días en la cárcel para luego salir bajo fianza, es lo que se acostumbra en estos casos.


Sin haber hecho uso de sus armas, los hermanos regresan a casa henchidos de orgullo con la yegua del abuelo intacta. El malhechor camina tras los caballos de Carabineros, atado de manos con la soga que se sujeta a la montura del oficial.



No hay comentarios:

Publicar un comentario