La persecución.
Se había perdido la yegua preferida del abuelo.
Pastando había estado varios días en la hijuela del río y al ir a verla para
darle agua una mañana, simplemente no estaba. En el campo no se alarman tanto
por un suceso como este, porque siempre existen posibilidades como que la yegua
saltó la cerca y se pasó a alguna parcela vecina, que se puede haber ido hacia
el río o por el camino arriba o abajo. Incluso puede haber cruzado el cerro que
la separa de su hogar permanente y simplemente haber regresado a casa.
Por lo mismo los dos hijos menores del abuelo,
encargados del animal, no se apresuraron en conjeturas y se fueron no más al
boliche de don Chago para refrescar la garganta y por cierto, obtener algún
dato que siempre dan los amigos, ahí donde todos se conocen y por supuesto
donde conocen también sus animales.
Y no faltó el que llegó con la noticia. Había visto
por la mañana muy temprano a un joven muchacho, extraño por esos lugares, rubio
y fornido, montado en una yegua que le pareció conocida, pero no discurrió sino
hasta ahora que podría ser la del abuelo. Iba río abajo por los senderos que se
forman a orilla del río entre los metros que quedan libres de los propietarios
que colindan con el que mata y quita.
Claramente la información daba cuenta de un posible
abigeato. Había que poner de inmediato la situación en conocimiento de las
autoridades y por supuesto seguir la huella del ladrón para darle caza con
premura, sin olvidar informar al abuelo que enterarse por otras vías, pudiera
no parecerle. Mejor no comentarle en detalle los pasos que se disponen a dar, solamente
decirle que darán cuenta a Carabineros del retén más cercano. Rápidamente los
hermanos se fueron a su casa, informaron
al abuelo quien puso el grito en el cielo, pero aprobó toda diligencia que se
hiciera para recuperar su yegua. Ocultos, cargaron sus revólveres y cuchillos.
De la cocina sacaron algo de pan y charqui para un viaje prolongado. Montaron
sus cabalgaduras siempre preparadas con mantas suficientes por si hubiera que
pasar la noche a la intemperie y salieron a la siga del culpable.
Las posibilidades de ruta que el malhechor seguía eran
pocas, por uno u otro lado del río si lo cruzaba debiera ser por el puente
Lautaro y allí más de alguien pudiera haberlo visto. Decidido aquello las
opciones eran camino a Iloca o a Constitución por La Trinchera. En todo caso
les llevaba unas seis horas de ventaja, que no era mucho para el que huye,
pensaban sus captores.
Y fue precisamente que en las cercanías del puente por
el camino que va a Huelón, un hombre que trabajaba en el campo, había también
visto al rubio jinete con dirección a la Trinchera y de allí supuestamente se
encaminaría a Putú, donde se sabía de antemano la existencia de reducidores que
pagaban bien y sin escrúpulos, por cualquier animal robado para convertirlo en
carne y venderlo en Constitución.
Allá se encaminaron los perseguidores y la noche los
encuentra cerca de La Trinchera en una de estas posadas que se ubican a orilla
del camino para atender a los veraneantes durante la temporada estival. La
memoria del encargado era buena y las características del rubio jinete que pasó
a media tarde para comprar algún refresco, inconfundibles. Así es que, convencidos
que estaban en la dirección correcta se dispusieron a pasar la noche junto a la
posada compartiendo con el dueño la garrafa de tinto necesaria para animar la conversa
y digerir mejor el salado charqui.
Nerviosos y apurados, despertaron de madrugada para
continuar la misión. Seguramente el ladrón tuvo que detenerse también para
pasar la noche, así es que la ventaja que les llevaba ahora no debía ser mayor.
Sus cabalgaduras reposadas no tuvieron inconvenientes en lanzarse al galope
para recuperar terreno y como a las tres de la tarde un nuevo dato les indicaba
que sólo a un par de kilómetros se hallaba el cuatrero. Precisamente en el
lugar en que una pareja de Carabineros se encaminaba de regreso al retén de
Putú luego de haber visto y saludado al jinete que se presumía unos metros más
adelante escapaba con la yegua del abuelo.
Ahora eran cuatro los perseguidores civiles y
uniformados que con resolución acometían el deber de capturar al ladrón. El
confiado jinete ya viendo cercano el dinero que recibirá por la presa, escucha el
ruido de los cascos que tras él se dejan sentir con alarma. No tiene
escapatoria, más bien salvar la integridad y entregarse. La pena por el delito
no es grave, a lo más un par de días en la cárcel para luego salir bajo fianza,
es lo que se acostumbra en estos casos.
Sin haber hecho uso de sus armas, los hermanos regresan
a casa henchidos de orgullo con la yegua del abuelo intacta. El malhechor camina
tras los caballos de Carabineros, atado de manos con la soga que se sujeta a la
montura del oficial.
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